22 agosto, 2005

Viento

Me gusta el sonido del viento. Es curioso, vivimos encerrados tras rejas de cristal que no nos dejan escucharlo. Pero quizá, si aprendiéramos a entenderlo, nos contaría su historia, una historia antigua como el mundo, profunda como el vacío infinito. Triste, sin duda, como todas las historias. Es posible que por eso su voz suene como un lamento, hondo y tranquilo, en una escala temporal mucho más dilatada que la nuestra, en la que la vida de los hombres no es más que la ondulación imperceptible que el aire causa en las telas de la ventana, si la abrimos un poco para ventilar la habitación.

Hemos creado un mundo que avanza con premura. Todo ocurre muy rápido; andamos deprisa por las calles de las ciudades en las que los trenes marchan deprisa bajo nuestros pies. Siempre tenemos prisa por algo. Unos por llegar, otros por huir. Además, la velocidad de las cosas influye de manera determinante en nuestra propia vida; cuanto más nos apresuramos por hacer cosas para poder vivir, más se nos escapa la vida, más corren las horas. Y los años. Lo mismo no nos damos cuenta y corremos hacia la muerte intentando pararnos de una vez en la vida.

Esa es el gran secreto que quizá esté intentando decirnos el viento moviendo armoniosamente las hojas de los árboles, como un pianista de infinitos dedos interpretando el réquiem más antiguo del mundo.

Quizá por eso, cuando abrimos las ventanas todos permanecemos una milésima de segundo con la mirada en el infinito, escuchando la voz del universo.

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