Hemos creado un mundo que avanza con premura. Todo ocurre muy rápido; andamos deprisa por las calles de las ciudades en las que los trenes marchan deprisa bajo nuestros pies. Siempre tenemos prisa por algo. Unos por llegar, otros por huir. Además, la velocidad de las cosas influye de manera determinante en nuestra propia vida; cuanto más nos apresuramos por hacer cosas para poder vivir, más se nos escapa la vida, más corren las horas. Y los años. Lo mismo no nos damos cuenta y corremos hacia la muerte intentando pararnos de una vez en la vida.
Esa es el gran secreto que quizá esté intentando decirnos el viento moviendo armoniosamente las hojas de los árboles, como un pianista de infinitos dedos interpretando el réquiem más antiguo del mundo.
Quizá por eso, cuando abrimos las ventanas todos permanecemos una milésima de segundo con la mirada en el infinito, escuchando la voz del universo.
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