23 abril, 2009

las cosas que van pasando

Los chiquillos de mi barrio han llenado la calle de rayuelas de tiza. Tienen unas tizas gigantes, como puños, y con ellas van ocupando todos los huecos, escribiendo sus nombres, cosas indescifrables, pintando flores, casas y rayuelas.

Los más pequeños imitan a los mayores y pintan líneas, renglones torcidos y caras sonrientes.

Y en eso, asomarse al balcón es un ejercicio de vuelo. Los ojos se posan en unos u otros dibujos y, mientras tanto, la mente aprovecha el vacío y también vuela,sobrevolando la memoria y los paisajes viejos.

Unos días después llegó la lluvia y, con ella, el olvido y una calle nueva, como un lienzo por estrenar.

Estos días, tímidamente, se asoma a esta ciudad la primavera, como jugando al escondite. Sale el sol y sale también la gente, que se echa a las calles como un torrente feliz. Salen también las flores, que se engalanan con su mejor color, como dice el tango. Y con ellas vuelven los pájaros, que cantan sobre todo al anochecer, y yo me pregunto por qué. Y a quién cantan los pájaros, con una sinfonía delicada y apabullante, mientras el sol pinta colores en la franja incierta del horizonte, que siempre está pero nunca se alcanza, tan cerca y tan lejos, como un poema.

Ayer salí a fumar al balcón y había ruido. Una cosa ensordecedora. Me asomé a la barandilla y allí estaba, un empleado del ayuntamiento con una máquina cortando todas las flores del barrio. Y yo de espectador impasible, con ganas degritarle al señor ¡pero que hace, hombre de dios! y todas esas cosas apropiadas. Pero no digo nada, y el señor acaba con todas las flores y sigue su camino.

Y yo he vuelto al café del gato, que hacía un siglo. En el salón de fumadores no hay nadie, excepto una voz tristona que susurra desde los altavoces y una sensación de paz absoluta que sube por las piernas hasta la garganta.

Aunque también está Orwell, colgado en la pared frente a mí, mirando hacia su izquierda en dirección a una especie de pequeño escenario donde hay una silla gigante, un cono de carretera y una televisión de mentira con la foto de un señor tapándose la cara con el antebrazo.

También está la chimenea, con flores secas encima, y las mesas redondas para los que vienen acompañados, y este sillón y su mesa conruedines para los que vienen solos. Y el café, que se va quedando frío, así que será mejor volver a lo concreto.

¡La praxis! La praxis ha muerto, ¡viva la praxis!


las cosas que van pasando

Últimamente el tiempo ha ido andando despacito, como un bicho que hubiera perdido una pata y caminara prácticamente arrastrándose. Casi parece que el bicho soy yo mismo, que he salido lo mínimo de casa estos días, como si también tuviera alguna pata rota en algún sitio.

Cuando salgo a fumar al balcón, en una casa en el edificio de al lado a veces hay una puerta abierta. En esa casa vive una señora de edad indefinida, en silla de ruedas. Cuando la puerta está abierta de par en par se pueden ver las entrañas de la casa, un pasillo, el salón... todo vacío. La casa es una copia a carboncillo de esta, como lo es el edificio entero. Edificios gemelos con casas siamesas llenas de gente ajena... El caso es que el pasillo es estrecho. En mi casa hay un mueblecito y nosotros pasamos de lado, pero ella no puede con su silla, así que el pasillo está vacío. Vacío también el salón hasta donde alcanza mi vista o vuela mi imaginación.