Hoy se ha puesto a nevar sin excusa ni pretexto, como solapadamente al principio, que no se sabía si aquello era lluvia, nieve o granizo, hasta que poco a poco fue adquiriendo la presencia material y un poco fantasmagórica de la nieve.
Los días así, aderezados con "song of the black swan", son propensos a la melancolía, igual que lo son a que de pronto, en el tranvía, un señor te pregunte en alemán que de qué podría él conocerte, de dónde. Y claro, tu arrebatado así del suave arrullo del violín (¿o será una viola?) respondes balbuciendo "de nada, me parece". Y entonces el señor te pide disculpas y queda el resto del viaje un poco cejijunto, mirando por la ventana mientras tu vuelves a abrazar la melodía y te envuelves, sin tristeza, en la presencia un tanto material de tu melancolía.
Y al cabo bajas en alguna estación, y vas al laboratorio como podrías ir a cualquier otro sitio. Tubos para arriba y para abajo, frasquitos con agua de colores con la que alimentas a la máquina que después, como una hormiguita, se pondrá a trabajar sin preguntarse.
¿Qué añadir a "preguntarse"? Por ejemplo por qué nieva sin pedir permiso a nadie. Yo tenía de bachiller una profesora que decía "Nieva en Madrid" sujeto: Dios. Sería cuestión de preguntarle si acaso lo mismo puede aplicarse en Colonia...
El caso es que la máquina se pone a su tarea, con ruiditos mecánicos y estridentes, y tú te vas al bar del gato (que en realidad se llama Duddel por alguna razón misteriosa) y al entrar ya te reconocen, y te sonríen y te dicen "¿un café con leche?". Y al principio aquello te hacía gracia, una suerte de contacto, un punto de reconocimiento mutuo en esta ciudad propia y ajena, fifty fifty.
Pero luego lo mismo piensas que aquello en realidad se parece un poco a la muerte, o a una clase de vejez del alma, y rencoroso respondes que no, que quieres un té y con cardamomo, canela, pimienta y clavo. "¿Con leche?" No. "¿Y miel?" Tampoco.
Y mascullando tu rencor infantil te sientas cejijunto y molesto a beberte tu estúpido té que, además y por más burla, no te apetece lo mas mínimo.
Así que te sientas en el salón de fumadores donde, por suerte, no hay ni un alma, y consigues el sitio del sillón con mesa de café con ruedines, y liándote un cigarrillo te da por pensar que los días así, aderezados con "song of the black swan" son propensos a la melancolía.
Y sacas tu cuadernito nuevo, de tapas duras y hojas en blanco, sin cuadritos ni líneas que te molesten, y escribes de un tirón lo que te dicta el alma (o el córtex frontal, que para el caso es lo mismo), en esta ciudad propia y ajena, fifty fifty.