¿Un juego? - Y un juego vil, que no hay que jugarle a ciegas, pues juegas cien veces, mil... y de las mil ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas, ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!
25 mayo, 2009
22 mayo, 2009
las cosas que van pasando
Últimamente ha empezado a hacer buen tiempo en la ciudad, así que he puesto a punto mi bicicleta y me he dedicado a visitar parques metropolitanos.
He vuelto al Rhinepark, que es un parque grande en la orilla frente a la catedral donde se puede uno sentar a la orilla del río entre millones de conchaspequeñitas, pedacitos de platos y tazas y cristales lamidos y redondeados por el agua que se dispersan entre la arena.
Allí puede uno sentarse con un libro o con la melodía suave de alguna música o simplemente con el rumor del agua, y lanzar piedritas al río, y entre los árboles y el viento que mece las hojas se encuentra uno con una paz sencilla y perecedera, pero hermosa, que sube por las piernas hasta los brazos, y uno cierra los puños, distraido, y la atrapa (como la melancolía deBenedetti, que se murió de repente el día de mi cumpleaños mientras yo, ignorante, leía sus cuentos como si tal cosa).
Al día siguiente encontré otro parque muy cerca de mi casa, con una explanada verde y un pequeño lago.
Me senté en la explanada y desde allí podía ver un montón de gente sentada o tumbada, jugando a la pelota o corriendo, en bici o a pie.
Volví a sumergirme en Benedetti, pero ahora en sus poesías, y de vez en cuando, al levantar la vista, se veía la explanada con árboles al fondo, y entre los árboles y la hierba y la gente volaban millones de pelusas blancas de polen, como nieve de primavera, y la vista era tan hermosa que no encuentro las palabras adecuadas para describirla, de esa belleza que encoge el corazón y ensancha el pecho abriendo horizontes por dentro.
Pero las palabras, pobres, no saben casi nada del mundo. Describen mal las cosas de fuera y no sirven para las de dentro y, a pesar de todo, son nuestro mayor tesoro. Y uno que si no se cultiva se pierde.
Una vez dijo mi padre que hacía tanto tiempo que no escribía, que le parecía que en cualquier momento iba a empezar a rebuznar. Y desde aquel momento yo me puse a jugar con las palabras (con mayor o menor acierto) y no he vuelto a parar en muchos años.
Ahora mismo estoy, como siempre, en el café del gato, en el sillón con mesa de ruedines, mientras en la mesa redonda hay tres alemanes jugando a los personajes. El juego va así: uno piensa un personaje y los otros dos hacen preguntas de sí o no hasta descubrir quién es.
(Y yo desde aquí juego en silencio, pero juego también)
De momento han sido Amstrong, Nixon, Segolene Royal y Moisés. Mientras, por los altavoces canta Ella Fitzgerald "let's do it" suavemente.
Y en esto se me enfría el café, así que dejemos de manchurronear las hojas.
He vuelto al Rhinepark, que es un parque grande en la orilla frente a la catedral donde se puede uno sentar a la orilla del río entre millones de conchaspequeñitas, pedacitos de platos y tazas y cristales lamidos y redondeados por el agua que se dispersan entre la arena.
Allí puede uno sentarse con un libro o con la melodía suave de alguna música o simplemente con el rumor del agua, y lanzar piedritas al río, y entre los árboles y el viento que mece las hojas se encuentra uno con una paz sencilla y perecedera, pero hermosa, que sube por las piernas hasta los brazos, y uno cierra los puños, distraido, y la atrapa (como la melancolía deBenedetti, que se murió de repente el día de mi cumpleaños mientras yo, ignorante, leía sus cuentos como si tal cosa).
Al día siguiente encontré otro parque muy cerca de mi casa, con una explanada verde y un pequeño lago.
Me senté en la explanada y desde allí podía ver un montón de gente sentada o tumbada, jugando a la pelota o corriendo, en bici o a pie.
Volví a sumergirme en Benedetti, pero ahora en sus poesías, y de vez en cuando, al levantar la vista, se veía la explanada con árboles al fondo, y entre los árboles y la hierba y la gente volaban millones de pelusas blancas de polen, como nieve de primavera, y la vista era tan hermosa que no encuentro las palabras adecuadas para describirla, de esa belleza que encoge el corazón y ensancha el pecho abriendo horizontes por dentro.
Pero las palabras, pobres, no saben casi nada del mundo. Describen mal las cosas de fuera y no sirven para las de dentro y, a pesar de todo, son nuestro mayor tesoro. Y uno que si no se cultiva se pierde.
Una vez dijo mi padre que hacía tanto tiempo que no escribía, que le parecía que en cualquier momento iba a empezar a rebuznar. Y desde aquel momento yo me puse a jugar con las palabras (con mayor o menor acierto) y no he vuelto a parar en muchos años.
Ahora mismo estoy, como siempre, en el café del gato, en el sillón con mesa de ruedines, mientras en la mesa redonda hay tres alemanes jugando a los personajes. El juego va así: uno piensa un personaje y los otros dos hacen preguntas de sí o no hasta descubrir quién es.
(Y yo desde aquí juego en silencio, pero juego también)
De momento han sido Amstrong, Nixon, Segolene Royal y Moisés. Mientras, por los altavoces canta Ella Fitzgerald "let's do it" suavemente.
Y en esto se me enfría el café, así que dejemos de manchurronear las hojas.
12 mayo, 2009
las cosas que van pasando
12 de mayo de 2009, Colonia, café del gato
En la boca del lobo. Ahí estaba y de ahí vengo. Es la tercera vez que voy a la terrorífica Facultad de Matemáticas de la Universidad de Colonia.
De la primera vez hará un mes. Fui decidido a tomar parte en el curso de "Numerische Simulation", y allí anduve, encogido, preguntando por el "Seminarraum 2" hasta dar con él. Llegué cinco minutos antes de que empezara, así que me dediqué a investigar las oscuras y plegosas interioridades de la boca del lobo. Di con un mural gigante de los matemáticos destacados de la historia, una suerte de museo de los horrores desde el siglocatapún hasta nuestros días. El caso es que esperé y esperé en la boca del lobo y allí no vino nadie, así que feliz de la vida me fui de allí y me vine al gato.
La segunda vez fue una semana después de la primera. Iba yo a clase de "Análisis matemático de imágenes" y al llegar y entrar hasta la zona del paladar del cánido me encontré a un señor que me dijo en alemán (que cosas) que esa asignatura se había suspendido por razones misteriosas que no pude comprender.
Así que me fui del lugar y me vine al gato, más contento que un tonto.
La tercera vez ha sido hoy. Ayer por la noche decidí categóricamente que había que probar suerte otra vez con lo de "Simulación numérica", y hoy me volví a meter en la boca del lobo, sudoroso y sombrío. Volví alSeminarraum 2, pero por la puerta pude ver a esos seres inciertos, los matemáticos, con muchos papeles llenos de cosas extravagantes. La clase tiene dos puertas. Tras ver esa escena monstruosa por la primera, pasé de largo y decidí entrar por la trasera.
Al llegar me asomé despacito, pero los seres inciertos me vieron y se giraron maquinalmente hacia mí, mirándome con ojos de calculadora LCD...
Ante tal cosa me di la vuelta y seguí por el pasillo hasta que encontré un baño. Me metí, hice lo propio, y luego frente al espejo me dije (no sé si yo al del espejo o el del espejo a mí) "¡qué diablos haces tú en la boca del lobo, hombre de dios!".
Así que salí de allí, pasé de largo la puerta trasera, aún abierta y por la que aún se veían los seres, cada vez más inciertos. Pasé también la puerta delantera y a través de las fauces salí al mundo y me vine al gato.
Reconozcámoslo, uno es un analfabeto funcional en matemáticas, qué le vamos a hacer.
Con una asignatura es suficiente (espero), porque hago una de matemáticas en la facultad de geología, que no solo no es la boca del lobo, sino que además es una facultad maravillosa, con jardines interiores varios llenos de flores y exposiciones de millones de minerales y un tronco cortado del tamaño de untrolebús.
Además la profesora es muy simpática. Se llama Sharon y dice que el Excel "it's a him" (en inglés) y que no confiemos en algunas de las cosas que "él" dice (bullshit).
En fin. El caso es que a mí los cánidos nunca me cayeron bien. Por eso siempre me voy de la boca del lobo y me vengo al gato, por aquello de desintoxicar.
Qué cosas.
En la boca del lobo. Ahí estaba y de ahí vengo. Es la tercera vez que voy a la terrorífica Facultad de Matemáticas de la Universidad de Colonia.
De la primera vez hará un mes. Fui decidido a tomar parte en el curso de "Numerische Simulation", y allí anduve, encogido, preguntando por el "Seminarraum 2" hasta dar con él. Llegué cinco minutos antes de que empezara, así que me dediqué a investigar las oscuras y plegosas interioridades de la boca del lobo. Di con un mural gigante de los matemáticos destacados de la historia, una suerte de museo de los horrores desde el siglocatapún hasta nuestros días. El caso es que esperé y esperé en la boca del lobo y allí no vino nadie, así que feliz de la vida me fui de allí y me vine al gato.
La segunda vez fue una semana después de la primera. Iba yo a clase de "Análisis matemático de imágenes" y al llegar y entrar hasta la zona del paladar del cánido me encontré a un señor que me dijo en alemán (que cosas) que esa asignatura se había suspendido por razones misteriosas que no pude comprender.
Así que me fui del lugar y me vine al gato, más contento que un tonto.
La tercera vez ha sido hoy. Ayer por la noche decidí categóricamente que había que probar suerte otra vez con lo de "Simulación numérica", y hoy me volví a meter en la boca del lobo, sudoroso y sombrío. Volví alSeminarraum 2, pero por la puerta pude ver a esos seres inciertos, los matemáticos, con muchos papeles llenos de cosas extravagantes. La clase tiene dos puertas. Tras ver esa escena monstruosa por la primera, pasé de largo y decidí entrar por la trasera.
Al llegar me asomé despacito, pero los seres inciertos me vieron y se giraron maquinalmente hacia mí, mirándome con ojos de calculadora LCD...
Ante tal cosa me di la vuelta y seguí por el pasillo hasta que encontré un baño. Me metí, hice lo propio, y luego frente al espejo me dije (no sé si yo al del espejo o el del espejo a mí) "¡qué diablos haces tú en la boca del lobo, hombre de dios!".
Así que salí de allí, pasé de largo la puerta trasera, aún abierta y por la que aún se veían los seres, cada vez más inciertos. Pasé también la puerta delantera y a través de las fauces salí al mundo y me vine al gato.
Reconozcámoslo, uno es un analfabeto funcional en matemáticas, qué le vamos a hacer.
Con una asignatura es suficiente (espero), porque hago una de matemáticas en la facultad de geología, que no solo no es la boca del lobo, sino que además es una facultad maravillosa, con jardines interiores varios llenos de flores y exposiciones de millones de minerales y un tronco cortado del tamaño de untrolebús.
Además la profesora es muy simpática. Se llama Sharon y dice que el Excel "it's a him" (en inglés) y que no confiemos en algunas de las cosas que "él" dice (bullshit).
En fin. El caso es que a mí los cánidos nunca me cayeron bien. Por eso siempre me voy de la boca del lobo y me vengo al gato, por aquello de desintoxicar.
Qué cosas.
las cosas que van pasando
8 de mayo de 2009, Colonia, café del gato
Pues el otro día andaba yo en el balcón fumando, en la franja incierta del día en que la noche se va abriendo paso tímidamente mientras el sol, dócil, la deja paso muriendo en un horizontepolicromado , cuando de pronto salieron de una casa frente a mi balcón dos chiquillas que se me quedan mirando, me señalan y dicen "¡mira! ¡la muerte!". La otra responde "¡sí! ¡es la muerte!" y entre risas se meten de nuevo en su casa.
Yo, divertido, terminé el cigarro aprisa y me escondí en mi casa, por si volvían a salir.
Resulta que la muerte aquí es un señor, es el muerte (der Tod), cosa curiosa. Para nosotros es femenina, y en el caso de los anglosajones se me hace más incierto, porque con ellos nunca se sabe (the death), aunque me figuro que será también masculina. Se me ocurrió investigar un poco la iconografía de tan destacado individuo/a, pero por supuesto se me olvidó un poco más tarde.
Otro día estaba yo en idéntica posición en el balcón, que es en realidad un pasillo abierto que da acceso a todas las casas de la planta, cuando vinieron corriendo los hijos de mi vecina y una chiquilla que debe ser asmática o algo por el estilo, entre estertores me cuenta que abajo hay unos matones que les persiguen sin motivo alguno (aunque yo les había oído insultarlos a voz en grito desde la protección del balcón del primer piso).
Me asomé al otro lado del balcón, tras la puerta de las escaleras, y por ahí venían sigilosamente los "matones" que resultaron ser dos chiquillas que al verme me hicieron la señal internacional de "silencio" (¡no digas nada!) con un dedo sobre la boca.
En esto salió la vecina madre de los primeros al balcón y se desató el conflicto internacional. Los "matones" exigieron un castigo ejemplar por los insultos proferidos (ashlog o similar). La madre preguntó a sus hijos que qué había pasado, y ellos respondieron que no habían hecho nada, a lo que los matones replicaron que ("doch, doch!") habían sido insultados, y señalaron como principal culpable al hijo más joven de la vecina, que se escondía de la vista detrás de su madre.
Y como ésta no proporcionara el ejemplar castigo esperado, la portavoz de los matones hizo notar que qué clase de madre no se preocupa por la educación de sus hijos, a lo cual la madre respondió que no había pasado nada grave.
La portavoz de los matones replicó que sí, que les habían llamado "ashlog" y que, por cierto, su padre es policía y le podía llamar en cualquier momento. El pequeño hijo de mi vecina se aplastaba contra la pared para evitar ser visto por la barandilla y a todo esto yo, como espectador (casi observador internacional del conflicto) terminé mi cigarrito y me refugié en la seguridad de mi casa.
Como los observadores de la ONU, ver, oír y callar, no hacer nada ni servir para nada a nadie, y si la cosa se pone difícil huir a territorio seguro.
Muy alegórico el asunto.
Otro día en el balcón estaba yo fumando bien entrada la noche, y me fijé en el silencio. De noche el silencio es absoluto, casi sepulcral. No cantan siquiera los millones de pájaros locos que sedesgañitan por las tardes, y solo un tren de cuando en cuando rompe el tedio de no escuchar nada.
Pero lo curioso es el sonido de las vías mucho antes de que pase el tren. Es un ruido metálico, como un violín tocando muy agudo diferentes notas inconexas que crean una melodía, la verdad, terrorífica pero hermosa.
Se escucha ese sonido mucho antes de que pase el tren, como si los raíles supieran de su futuro y se quejaran, como un lamento metálico y tristón.
En fin, historias de balcón y cigarrito. Hay que ver, las cosas que van pasando.
Pues el otro día andaba yo en el balcón fumando, en la franja incierta del día en que la noche se va abriendo paso tímidamente mientras el sol, dócil, la deja paso muriendo en un horizontepolicromado , cuando de pronto salieron de una casa frente a mi balcón dos chiquillas que se me quedan mirando, me señalan y dicen "¡mira! ¡la muerte!". La otra responde "¡sí! ¡es la muerte!" y entre risas se meten de nuevo en su casa.
Yo, divertido, terminé el cigarro aprisa y me escondí en mi casa, por si volvían a salir.
Resulta que la muerte aquí es un señor, es el muerte (der Tod), cosa curiosa. Para nosotros es femenina, y en el caso de los anglosajones se me hace más incierto, porque con ellos nunca se sabe (the death), aunque me figuro que será también masculina. Se me ocurrió investigar un poco la iconografía de tan destacado individuo/a, pero por supuesto se me olvidó un poco más tarde.
Otro día estaba yo en idéntica posición en el balcón, que es en realidad un pasillo abierto que da acceso a todas las casas de la planta, cuando vinieron corriendo los hijos de mi vecina y una chiquilla que debe ser asmática o algo por el estilo, entre estertores me cuenta que abajo hay unos matones que les persiguen sin motivo alguno (aunque yo les había oído insultarlos a voz en grito desde la protección del balcón del primer piso).
Me asomé al otro lado del balcón, tras la puerta de las escaleras, y por ahí venían sigilosamente los "matones" que resultaron ser dos chiquillas que al verme me hicieron la señal internacional de "silencio" (¡no digas nada!) con un dedo sobre la boca.
En esto salió la vecina madre de los primeros al balcón y se desató el conflicto internacional. Los "matones" exigieron un castigo ejemplar por los insultos proferidos (ashlog o similar). La madre preguntó a sus hijos que qué había pasado, y ellos respondieron que no habían hecho nada, a lo que los matones replicaron que ("doch, doch!") habían sido insultados, y señalaron como principal culpable al hijo más joven de la vecina, que se escondía de la vista detrás de su madre.
Y como ésta no proporcionara el ejemplar castigo esperado, la portavoz de los matones hizo notar que qué clase de madre no se preocupa por la educación de sus hijos, a lo cual la madre respondió que no había pasado nada grave.
La portavoz de los matones replicó que sí, que les habían llamado "ashlog" y que, por cierto, su padre es policía y le podía llamar en cualquier momento. El pequeño hijo de mi vecina se aplastaba contra la pared para evitar ser visto por la barandilla y a todo esto yo, como espectador (casi observador internacional del conflicto) terminé mi cigarrito y me refugié en la seguridad de mi casa.
Como los observadores de la ONU, ver, oír y callar, no hacer nada ni servir para nada a nadie, y si la cosa se pone difícil huir a territorio seguro.
Muy alegórico el asunto.
Otro día en el balcón estaba yo fumando bien entrada la noche, y me fijé en el silencio. De noche el silencio es absoluto, casi sepulcral. No cantan siquiera los millones de pájaros locos que sedesgañitan por las tardes, y solo un tren de cuando en cuando rompe el tedio de no escuchar nada.
Pero lo curioso es el sonido de las vías mucho antes de que pase el tren. Es un ruido metálico, como un violín tocando muy agudo diferentes notas inconexas que crean una melodía, la verdad, terrorífica pero hermosa.
Se escucha ese sonido mucho antes de que pase el tren, como si los raíles supieran de su futuro y se quejaran, como un lamento metálico y tristón.
En fin, historias de balcón y cigarrito. Hay que ver, las cosas que van pasando.