23 diciembre, 2006

Me sobra el corazón

Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,
hoy estoy para penas solamente,
hoy no tengo amistad,
hoy sólo tengo ansias
de arrancarme de cuajo el corazón
y ponerlo debajo de un zapato.

Hoy reverdece aquella espina seca,
hoy es día de llantos de mi reino,
hoy descarga en mi pecho el desaliento
plomo desalentado.

No puedo con mi estrella.
Y busco la muerte por las manos
mirando con cariño las navajas,
y recuerdo aquel hacha compañera,
y pienso en los más altos campanarios
para un salto mortal serenamente.

Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,
mi corazón escribiría una postrera carta,
una carta que llevo allí metida,
haría un tintero de mi corazón,
una fuente de sílabas, de adioses y regalos,
y ahí te quedas, al mundo le diría.

Yo nací en mala luna.
Tengo la pena de una sola pena
que vale más que toda la alegría.

Un amor me ha dejado con los brazos caídos
y no puedo tenderlos hacia más.
¿No veis mi boca qué desengañada,
qué inconformes mis ojos?

Cuanto más me contemplo más me aflijo:
cortar este dolor ¿con qué tijeras?

Ayer, mañana, hoy
padeciendo por todo
mi corazón, pecera melancólica,
penal de ruiseñores moribundos.

Me sobra corazón.

Hoy, descorazonarme,
yo el más corazonado de los hombres,
y por el más, también el más amargo.

No sé por qué, no sé por qué ni cómo
me perdono la vida cada día.

Miguel Hernandez
1935/36

02 noviembre, 2006

absurdo 2

26 de Octubre

A veces, al caminar por la calle, sonreía a los transeúntes. Ellos respondían a veces con una mirada inquisitiva mientras se preguntaban qué diablos querría de ellos. Otros ponían cara de sorpresa. Se podían contar con los dedos de la mano a los que devolvían la sonrisa.

Puede parece absurdo, pero no lo es. Cuando llevas mucho tiempo inmerso en una soledad autoproclamada cada vez resulta más difícil entablar una conversación normal, por decirlo de algún modo. Te pones nervioso y no dices más que tonterías supinas que tú mismo catalogarías como ridículas. En fin. No podemos dejar que por el mismo motivo nos convirtamos en autómatas apáticos de esos que se preguntan qué querremos de ellos. ¡Pues nada! ¿Qué vamos a querer? Desde luego, hay cada ser suelto por el mundo que más valdría meterlos en jaulas.

Hoy me he ido a Alcobendas y me he equivocado de autobús. De repente he visto que el susodicho autobus no iba por ninguna ruta conocida, y he visto a lo lejos el CosmoCaixa, a donde iba a una conferencia, y he pulsado el botón de parada. Pero el autobús ha parado tiempo después, vayasusté a saber dónde.

El caso es que me he bajado, momento en el cual, y aprovechando que alguien me robó el paraguas el otro día en el aula de informática de la facultad, pues se puso a llover como nunca. Llover y llover y llover y yo que no sabía dónde estaba, claro, me puse a andar por medio de una zona de parque (uséase: sin fachadas para protegerse), con el segundo diluvio universal sobre nuestras cabezas, en dirección opuesta al autobús, por ver si volvía a reconocer el sitio al que iba.

Empapado es poco, me temo, para cómo me puse.

Como no tenía paraguas cogí un periódico de estos gratuitos que me habían dado al salir del metro y que casualmente guardé en la mochila (ignoro el motivo) y lo usé a modo de gorro. En esto, como es lógico, me dio el ataque de risa, y iba con mi periódico en la cabeza, con mi mochila, bajo la lluvia y a carcajada limpia. La gente, claro, me miraba de nuevo entre la desconfianza, la sorpresa y la afabilidad. Bueno al final llegué a un parque que tenía un riachuelo seco en cuyo fondo había todo lo imaginable, aparte de un fango maloliente de un color indescriptible. Allí, bajo la lluvia, me encontré con un señor que iba corriendo, haciendo footing (¡!) con un chándal rojo. Le pregunté por mi destino y me dijo que iba en dirección contraria, que volviera por donde el riachuelo fangoso y fuera hacia el otro lado. Bueno, en fin, poco más, hice lo propio y llegué a mi destino, calado hasta los huesos (y lo mismo me he puesto malo, me duele un poco la cabeza).

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27 de Octubre

Hoy he pinchado y cortado cerebros de cordero, que pese a no ser tan grandes como el humano son bastante consistentes. Son del tamaño del cazo que pueden formar mis dos manos. Me ha resultado una curiosa experiencia. En parte porque no me imaginaba la facilidad con que hundes las pinzas en el telencéfalo, aún sin querer. Que cosas.

Por otro lado, resulta que tengo que presentar un seminario acerca de la evolución de las conexiones neuronales, cosa que la que no se un pimiento (por ahora). El caso es que me he pasado buena parte de la tarde sin encontrar nada buceando por las bases de datos online del tema, después de cambiar el ordenador tres veces de sitio en la biblioteca de mi estúpida facultad en obras porque la maldita antena da una miserable señal. En fin.

El caso es que menos mal que me he entretenido así la tarde porque si no no se qué diablos habría hecho. Ya he ido esta semana dos veces a la heladería a conectarme a internet, y otras dos a Alcobendas a pasar la tarde en una conferencia. He estado dos veces en libreros preguntando por libros y he ido dos veces a la Fnac (me acabo de dar cuenta de esa curiosa relación numérica). En fin, tras tantas acciones binarias (como las estrellas) pues ya no se qué diablos hacer con mi vida. He pasado apuntes, he visto películas, he ido a la compra, he puesto lavadoras y he fregado los platos. He hecho arroz con verduras, he frito huevos... en fin.

A veces me pongo existencial y pienso en la soledad. No en la soledad como ahora, yo solo en mi casa, no, sino en la Soledad con mayúsculas y a largo plazo. En fin, la verdad es que no soy un ser extremadamente sociable, y hasta diría que soy un poco sociófobo, pero no es a propósito. No es mi intención, por así decirlo. El caso es que no me sale. Por ejemplo, tengo una tristeza tontorrona que me da a veces en los momentos más inadecuados, como en medio de una fiesta de disfraces, mientras me siento absurdo. Otras veces me da la felicidad tontorrona, que también la tengo, pero también me da por cosas ridículas, como ayer, cuando se puso a llover a mares y yo me había equivocado de autobús y estaba solo en medio de quién sabe donde. Pues ahí me dio la felicidad tontorrona. A veces me da también cuando estoy con amigos, y me río de manera absurda y ridícula por alguna estupidez. En fin. Pero lo peor es si me vienen las dos a la vez; algo así como una felicidad tontorrona, que sé que es gratuita y pasajera, que es interrumpida, debido a ese conocimiento, por una tristeza tontorrona, que suele ser menos pasajera que la primera.

Bueno, en fin, supongo que a todo el mundo le pasa esto en mayor o menor medida. Me pasan otras cosas más horribles que no tengo intención de escribir nunca en ningún sitio. Supongo que a todo el mundo le han pasado sus cosas horribles que no quiere escribir nunca. Pues yo no soy, por supuesto, la excepción.

Hablando de otras cosas, he vuelto a pintar. Sigo con las acuarelas, y produzco obras de un gusto inexistente y una técnica despreciable, pero sigo en ello. El problema (aparte de la técnica y el gusto, que podrían mejorar con la práctica) es que muchas veces cojo el pincel y preparo todo el tema (todo el tema es un vaso con agua y un folio) y luego me quedo en blanco y no sé que diantres dibujar (aparte de que no sé cómo, pero esa es otra cuestión). El tema es que si tuviera claro y en mente lo que quiero pues sería más fácil intentar plasmarlo. Pero claro, esto es como todo. Tengo claros los días que tengo que ir a clase y a las prácticas y poco más. Esos son los pilares de mi vida organizada.

La verdad es que suena horrible, pero no, está bien así. Voy tirando. En fin, buenas noches.

01 noviembre, 2006

absurdo

Hola! - dijo al entrar en su casa. Sabía de sobra que estaba descarnadamente vacía, terriblemente hueca, pero aun así, al entrar siempre decía "¡Hola! ¿Qué tal?".

Puede parecer absurdo, pero no lo es. Son las pequeñas cosas que nos hacen reír y soñar las que hacen posible la vida, las que le dan sentido a la vida. ¿Cual es el sentido de la vida? Nacemos inciertos, de niños somos inocentes y felices, luego estudiamos, crecemos, seguimos estudiando y aprendiendo cosas que a fin de cuentas acabarán en el cubo de la basura, junto con el soporte, nuestro cuerpo, cuando llegue la hora. Luego trabajamos para poder vivir o viceversa, según el caso. Entre cosa y cosa ocurre lo mejor, que es conocer personas, estadios temporales de la materia, como nosotros, que pueden transmitirnos el infinito. Eso siempre y cuando lo permitamos, claro. Pero no es tan sencillo. No se trata de intención. En muchas ocasiones nosotros mismos mismos impedimos esa transmisión. ¿Por qué hacer tal cosa? Por miedo. ¿A qué? A nada concreto, y a todo a la vez. No es fácil de explicar. Pero no se trata de intención. La intención siempre mira más allá de lo que el ahora permite, y por tanto el concepto nunca se aproxima a lo real. Esto no es bueno ni malo, simplemente es.

La forja del destino no pertenece a ningún ser mitológico, para desgracia nuestra, sino a nosotros mismos. Por ese motivo estamos condenados a ser conscientes y los únicos responsables de nuestra vida, lo cual pese a todo es de agradecer. Pero implica que somos culpables de nuestra propia miseria. Y esto, junto con el conocimiento de que la propia existencia es una cuestión temporal, el conocimiento de la propia muerte, hacen del ser humano el más desgraciado de todos los seres que habitan este mundo.

Es cierto que el concepto abstracto no puede ser satisfecho por la realidad, mal que nos pese. Por eso no somos lo que creemos que somos, ni los demás son lo que creemos que son. Ni nosotros somos lo que los demás creen que somos. Todo eso no es más que simplificación hasta el absurdo, siempre, para cualquier individuo, por mucho que lo amemos o despreciemos, solo serán burdos brochazos del conjunto final. Pero esto tampoco es bueno ni malo, sino que es. Pero a pesar de ello, no puede sino generar insatisfacción, pues ningún ser se comportará como esperamos que lo haga, ni siquiera nosotros mismos, lo cual da que pensar. De hecho, quizá seamos nosotros mismos los que peor nos ajustamos al concepto que tenemos de nosotros mismos, lo cual no nos hace buenos ni malos, nos hace humanos.

Pero no hay nada de especial en ello. Somos humanos como podíamos haber sido cualquier otra cosa imaginable. O nada en absoluto. Es un estado compartido por muchos individuos, pero que no otorga grandeza alguna. Por supuesto otorga derechos, no lo dudo, y los otorga no por seres humanos, sino por seres sensibles, cosa común a otros seres a los que no se conceden desde la grandeza humana los derechos que debieran. Pero no me extraña, pues en realidad no se les concede ni a ellos mismos.

Pero eso sí, el concepto que cada cual tiene de sí, sin ser necesariamente mejor al concepto que tiene de otras personas, si le permite soportarse en la medida de sus posibilidades, con altibajos por supuesto. Cuando esto falla, entonces tenemos un problema. No soy de la opinión de que el suicidio sea un método de llamar la atención. Lo digo porque es algo que he oído multitud de veces, pero no comparto. De hecho, creo que el suicidio es una salida razonable a un ser que no puede soportarse a sí mismo por más tiempo. Por supuesto, no comparto la salida, no nos vayamos a asustar que la gente es muy melodramática, pues es conveniente intentar encontrar un nuevo marco de lectura en que poder ser sin odiarse. Pero ¿cómo pretender llamar la atención con la propia muerte? no tiene sentido alguno. Si uno lo hace sin convicción, por bajeza personal, no digo que no pueda ser este el motivo. Pero una vez muerto, ¿la atención de quién va a reclamar el suicida? Es un planteamiento tan absurdo como otros de la psicología contemporánea que, pese a que respeto profundamente, me parece no solo etnocentrista, sino burgueso-centrista si se me permite la palabra. No puedo aceptar las explicaciones sobre el ser humano basadas en conceptos locales, y las rechazaré en cualquier área del conocimiento.
En fin...

12 septiembre, 2006

Monstruos

Los monstruos son seres que viven en un país muy lejano, que nadie puede ver.
Viven en casas cúbicas blancas y pequeñas, sin ventanas ni puerta.
No pueden salir a hacer la compra, así que comen hierba que tienen dentro, y beben arena.
Los monstruos también tienen hijos, muy pequeñitos, que son buenos. Se hacen malos cuando crecen.
Además son de todos los colores (azules, verdes, blancos, amarillos, rojos, negros, violetas...)
Y también tienen mascotas (gatos, perros, pájaros...) pero no se las comen.Todo esto me ha sido revelado por mi sobrino Max, de tres años (casi cuatro, como bien hace saber).

30 agosto, 2006

Esculpir en el tiempo

Me he ido unos días a la Ciudad Blanca, a Lisboa, y una tarde de viento en un parque de la ciudad fijé unos segundos de tiempo en video. Son tuyos si los quieres.



El mismo viaje grabé la entrada desde el barco en el puerto de Vigo, también un poquito de tiempo fijado para siempre, con un hermoso faro blanco.



Y es que Esculpir en el Tiempo, como decía Tarkosvki, es un intento desesperado de almacenar la propia existencia derivado de la conciencia de la propia caducidad.

04 junio, 2006

(Des)humanización

Los seres humanos somos máquinas al servicio de nuestras propias neurosis. ¿Por qué? Quien sabe...
Es una conclusión a la que he llegado en estos últimos días; nuestro inquebrantable afán de idealizar nos lleva constantemente a la total desorganización del mundo pequeñito y ordenado que nos creamos para poder afrontar el día a día y lo inexplicable de nuestra absurda existencia. Idealizamos en los demás lo que nosotros creemos que ellos piensan, que ellos hacen y que ellos sienten; en definitiva: lo que ellos son. Pero "los demás" son otros seres humanos, otros individuos en lo mas estricto de la palabra. Individuos con sus propias ideas,sus propios motivos y sus propias prioridades. Con sus propios mundos pequeñitos y ordenados, en los que se mueven igual que nosotros mismos, buscando, como nosotros, el sentido de una existencia que, de no ser por ese instinto simplificador que nos caracteriza, sería una carga imposible de soportar.

Y es que al idealizar, que es la característica mas intrínsecamente humana que he podido encontrar, ponemos nuestro anhelo y esperanza en las acciones que esperamos, creemos o, en realidad, deseamos que los demás hagan, debido a las reglas simplistas que, sobre ellos, hemos establecido en nuestra mente. Sólo conozco un final para esta estúpida costumbre impuesta por nuestra propia naturaleza; sólo un porvenir para la ilusión, y es esa sensación de humillante estupidez que nos inunda cuando nos damos cuenta de que estábamos equivocados.

Se puede dejar de idealizar. Yo de hecho lo he intentado una temporada. No es empresa fácil, pero se vuelve sencillo con la práctica. Sólo hay que tratar de diseccionar la realidad hasta chocar con el lodo en el que viven esos seres que comparten mas del 90% de nuestro genoma: las lombrices de tierra.
Llevo varios días viviendo en este nuevo mundo aún mas pequeñito y ordenado. Lo que ocurre es que la realidad comienza a tener, si cabe, menos atractivo. Las cosas pierden su interés. No solo las cosas, sino sobre todo las situaciones, los anhelos... las personas.

Con el tiempo, te das cuenta de lo absurdo de tratar de acabar con la idealización; y es que ¿qué interés puede tener un mundo del que nada puedes esperar? No se puede pretender que todos son como a nosotros nos gustaría que fueran según los planos que, cuidadosamente, hemos dibujado acerca de ellos. Pero lo que si podemos, es confiar en que lo sean. De este modo conseguimos que nuestro insignificante planeta y nuestra aún mas insignificante realidad tenga un atractivo, o al menos, una razón.

Así que me he decidido a abandonar toda tendencia desidealizadora. Y es que es mejor chocarse contra un muro de vez en cuando que acabar ahogándose en el fango al que llegamos diseccionando minuciosamente la realidad. Aunque esto lleve irremediablemente al desequilibrio de mi pequeño mundo. Directamente a la neurosis, a la desilusión y al batacazo contra el muro.

Buenas noches, tristeza -

18 abril, 2006

Llueve

Ayer llovió, cogí mi cámara y atrapé tres segundos antes de que se agotaran las pilas. No los retengo. Si los quieres, también son tuyos.

11 abril, 2006

Casualidad

Me encantan las casualidades. Podría decirse que son pequeñas sorpresas en el mar de cotidianeidad que nos engulle poco a poco. Como a Alfonsina Storni (Te vas Alfonsina,con tu soledad. / ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar? / Una voz antigua de viento y de sal / te requiebra el alma y te está llamando / Y te vas hacia allá, como en sueños / dormida, Alfosina, vestida de mar) . Y las casualidades son como alegrías, y las alegrías nos devuelven poco a poco hacia la orilla.

Gracias a este sitio en el que escribo de vez en cuando he podido encontrar una casualidad nueva. Un antiguo compañero de los tiempos del instituto buscaba las reglas del juego Siete y Media, y llegó hasta aquí. Reconoció mi nombre, y dejó un saludo. Hay que ver cómo son las cosas ¿verdad? En cierto modo, el ser humano es realmente impredecible. Navega por el océano sin saber a ciencia cierta dónde le guiarán sus pasos, y sin previo aviso su vida cambia, pierde el contacto con algunas personas, lo inicia con otras, cambia de marco, de contexto. Se mueve deprisa; corriendo en el laberinto.

Aunque a veces, sin previo aviso, encuentra por el camino pequeños tesoros, fragmentos del pasado, que vienen a su memoria y la encienden un segundo. Y entonces uno recuerda aquellos tiempos, aquellas caras, aquellos lugares. Y todos esos recuerdos hacen, aunque sea solo un instante, que uno olvide el inexorable transcurrir del tiempo.

15 febrero, 2006

Palabras

Desde hacía varios meses venías, casi regularmente, a pedirme que te explicara, a contarme tus vacíos. Atormentándote y atormentándome, invariablemente, como un suave péndulo. Intentabas ayudarte y ayudarme, conocerme y conocerte. Nota tras nota, compás tras compás, en este adagio profundo y triste, en esta soledad baldía y oscura. A veces las palabras no son suficiente, o no pueden explicar nada, las palabras son palabras, nada más, no son piedras que echar a un saco, ni agua que salga de una fuente al apretar el botón. No. Y otra vez nada en claro. De nuevo el péndulo se ponía en funcionamiento. Terrible evocación de un futuro non nato, de un nuevo compás. Tú querías mis palabras, pero no te dabas cuenta de que cada vez que me las pedías, yo moría un poquito, me hundía un poco más en esta negrura interior, despoblada de formas y colores, de voces y de llantos, como un charco de untuoso aceite, opaco e inútil. Vacío y roto.

Monocromo

A veces uno ve la vida como algo firme, seguro, donde puede estar tranquilo, en paz, sin preocuparse por lo que pueda venir. Pero entonces, e invariablemente desde que el hombre es hombre, algo (quizá imperceptible quizá atronador) ocurre y de repente todo cambia. O cambia uno mismo, o todo a la vez. El caso es que desde que ocurre, la vida se convierte en una balsa de troncos unidos con esparadrapo. Los troncos se van soltando con cada movimiento, intentas ir hacia un lado para evitar que se suelten los troncos del contrario, y comienzan a soltarse bajo tus pies. En definitiva, el barco se hunde y parece que no hay nada que hacer.


05 febrero, 2006

Olas de aceite

Un día se dio cuenta de que su vida era un fraude. No fue una cosa repentina, sino una especie de fluido que poco a poco iba colándose en su día a día, que poco a poco iba aumentando el agrio sabor de boca que dejaban los días al pasar.
Sentía propio como pocos el poema de Nicolás Guillén:

Olas de gordo aceite son mis días:
pasan tan lentamente que no pasan.
Los hombres a mi lado miran, pasan,
lentos también como mis lentos días.

El futuro está ahí, lleno de días,
pero es un duro charco: por él pasan
lentas sombras de sueños cuando pasan...
Nocturnos cielos cúbrenme los días.

Aprendí, me enseñaron los que pasan
que siempre pasan, pasarán los días,
aunque a veces parezca que no pasan.

Supe además que a bordo de mis días
pasaré yo también con los que pasan,
ceniza en la ceniza de los días.

Y este día, como todos, fue un día normal en que debía estar alegre. Pero siempre le costó estarlo. Hay gente que es alegre espontáneamente en todo lo que hace. Pero debe ser algo muy dificil de aprender. Mientras volvía en un taxi a su casa, miraba por la ventana y veía pasar las calles, las farolas, con el pensamiento infértil, vacío.

Al llegar a su piso no encendió la luz y se tumbó en la cama. Se durmió en una esquinita del colchón, dejando espacio para que la soledad durmiera, así, a su lado.

Se despertó al día siguiente, y mirando por la ventana la gente que pasaba por la calle, se dio cuenta de que su vida era un fraude, y sintió como propio el poema de Nicolás Guillén:

Olas de gordo aceite son mis días:
pasan tan lentamente que no pasan...

30 enero, 2006

Hablemos...

El otro día estaba en el metro, aburrido como siempre, y se gestó ante mí un hermoso ejemplo de lo que es el ser humano, una serie de acontecimientos que voy a relatar y que me dejaron pensativo y atónito.

Primero una mujer, en sus cincuenta, que andaba con una muleta, y vestía un bonito vestido rojo, se presentó. Estaba en paro, sin trabajo por haber estado metida en el mundo de las drogas y pedía algunas monedas para sobrevivir. Tenía cierto aire de marchita aristocracia, andando con su vestido y su muleta, visiblemente molesta por tener que pedir limosna en el metro de Madrid. Pero altiva, no en el mal sentido de la palabra, sino entendida como dignidad. O recuerdo de la dignidad perdida. Debe ser muy duro verse obligado por la vida o las circunstancias a pedir en el metro.

Cuando aquella mujer bajó del vagón en la siguiente estación entró un chico joven con un acordeón. Probablemente de la Europa del este, se puso a tocar ese complicado instrumento con soltura, obteniendo de él bellas notas que caían como hojas en otoño sobre los indiferentes viajeros, atentos muchos a sus revistas absurdas o a la nada. Ciudadanos de pro, sentados en el vagón, aburridos, con la esperanza de una vida plena podrida por los rincones de los sucios túneles que recorre el tren subterráneo. En fin, gente como yo. El músico seguía tocando.

En la siguiente estación no dejó de tocar, y los ciudadanos de pro bajaron y subieron al tren, en manada, a tropél. Un guarda de seguridad apareció en el andén y el músico enmudeció. Entre la muchedumbre aparecieron dos individuos que se sentaron delante de mí. Uno de ellos era ciego y sordo. El otro era un hombre de mediana edad, barbudo, y con abundantes tics en la cara. Supe que era sordo y ciego por la forma en que se comunicaban. Un espectáculo de desmesurada belleza, pues hablaban cogiéndose de la mano. No puedo explicarme cómo lo hacían, pero el ciego alargaba el dedo de su mano, y el barbudo lo cogía. Luego hacían movimientos con la mano o el dedo y se entendían. ¿No es increíble?

Cuando se cerraron las puertas y el metro continuó su camino, y ya a salvo del guarda de seguridad, el músico continuó con su melodía. Cuando el barbudo lo oyó, se lo comunicó al ciego vía dedo, y éste, que tenía una cara muy expresiva, y muy inocente a la vez, mientras hablaban fruncía el ceño, y cuando lo entendió todo sonrió, de la manera más cándida imaginable, como si escuchara la melodía del artista, que en este momento detenía su trabajo y recorría el vagón intentando sacar algún provecho de su arte, con más bien poco éxito.

Sólo el ciego aquél, ajeno al resto de los viajeros, y soñando escuchar la música del acordeón, en esa mañana absurda de invierno, sonreía.

11 enero, 2006

Hada Madrina


Hace bastante tiempo que no escribo, se imaginarán cuán llena de emociones está mi vida últimamente. Pero hoy era necesario escribir porque he tenido un encuentro interesante.
Iba sentado en el metro mordiéndome las uñas (como de costumbre), vicio estúpido que he intentado dejar en varias ocasiones sin conseguirlo (he usado hasta potingues como el Mordex que hacen que la uña sepa fatal, pero nada). En fin, en ello estaba cuando una mujer colosal que estaba a mi lado se me quedó mirando fijamente, ladeó un poco la cabeza y arqueo un poco las cejas. Lo entendí: dejé de morderme la uña y ella esbozó una ligera sonrisa. Y ahí estaba yo, con síndrome de abstinencia y con la voluminosa hada madrina a mi derecha. No sabía muy bien que hacer, así que acerqué mi mano a la boca pero no llegué a morder una uña, pues ella comenzó a hacer chocar sus anillos con la barra de agarrarse, haciendo ruido hasta que volví a alejar la mano de mi boca. Volví a mirarla y volvió a sonreir. De nuevo con el mono. Nunca me muerdo más las uñas que cuando soy consciente de que lo hago.
Por fin se baja, libre al fin. ¿Libre? No, ya no podía morderme las uñas pues veía su cara de pan sonriente a mi lado y sus anillos repiqueteando en la barra. En fin.
No se medió palabra pero comprendí perfectamente que esa mujer, en realidad, era mi madre en otra vida.
Estoy dejando el maldito vicio. Gracias mil-