02 noviembre, 2006

absurdo 2

26 de Octubre

A veces, al caminar por la calle, sonreía a los transeúntes. Ellos respondían a veces con una mirada inquisitiva mientras se preguntaban qué diablos querría de ellos. Otros ponían cara de sorpresa. Se podían contar con los dedos de la mano a los que devolvían la sonrisa.

Puede parece absurdo, pero no lo es. Cuando llevas mucho tiempo inmerso en una soledad autoproclamada cada vez resulta más difícil entablar una conversación normal, por decirlo de algún modo. Te pones nervioso y no dices más que tonterías supinas que tú mismo catalogarías como ridículas. En fin. No podemos dejar que por el mismo motivo nos convirtamos en autómatas apáticos de esos que se preguntan qué querremos de ellos. ¡Pues nada! ¿Qué vamos a querer? Desde luego, hay cada ser suelto por el mundo que más valdría meterlos en jaulas.

Hoy me he ido a Alcobendas y me he equivocado de autobús. De repente he visto que el susodicho autobus no iba por ninguna ruta conocida, y he visto a lo lejos el CosmoCaixa, a donde iba a una conferencia, y he pulsado el botón de parada. Pero el autobús ha parado tiempo después, vayasusté a saber dónde.

El caso es que me he bajado, momento en el cual, y aprovechando que alguien me robó el paraguas el otro día en el aula de informática de la facultad, pues se puso a llover como nunca. Llover y llover y llover y yo que no sabía dónde estaba, claro, me puse a andar por medio de una zona de parque (uséase: sin fachadas para protegerse), con el segundo diluvio universal sobre nuestras cabezas, en dirección opuesta al autobús, por ver si volvía a reconocer el sitio al que iba.

Empapado es poco, me temo, para cómo me puse.

Como no tenía paraguas cogí un periódico de estos gratuitos que me habían dado al salir del metro y que casualmente guardé en la mochila (ignoro el motivo) y lo usé a modo de gorro. En esto, como es lógico, me dio el ataque de risa, y iba con mi periódico en la cabeza, con mi mochila, bajo la lluvia y a carcajada limpia. La gente, claro, me miraba de nuevo entre la desconfianza, la sorpresa y la afabilidad. Bueno al final llegué a un parque que tenía un riachuelo seco en cuyo fondo había todo lo imaginable, aparte de un fango maloliente de un color indescriptible. Allí, bajo la lluvia, me encontré con un señor que iba corriendo, haciendo footing (¡!) con un chándal rojo. Le pregunté por mi destino y me dijo que iba en dirección contraria, que volviera por donde el riachuelo fangoso y fuera hacia el otro lado. Bueno, en fin, poco más, hice lo propio y llegué a mi destino, calado hasta los huesos (y lo mismo me he puesto malo, me duele un poco la cabeza).

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27 de Octubre

Hoy he pinchado y cortado cerebros de cordero, que pese a no ser tan grandes como el humano son bastante consistentes. Son del tamaño del cazo que pueden formar mis dos manos. Me ha resultado una curiosa experiencia. En parte porque no me imaginaba la facilidad con que hundes las pinzas en el telencéfalo, aún sin querer. Que cosas.

Por otro lado, resulta que tengo que presentar un seminario acerca de la evolución de las conexiones neuronales, cosa que la que no se un pimiento (por ahora). El caso es que me he pasado buena parte de la tarde sin encontrar nada buceando por las bases de datos online del tema, después de cambiar el ordenador tres veces de sitio en la biblioteca de mi estúpida facultad en obras porque la maldita antena da una miserable señal. En fin.

El caso es que menos mal que me he entretenido así la tarde porque si no no se qué diablos habría hecho. Ya he ido esta semana dos veces a la heladería a conectarme a internet, y otras dos a Alcobendas a pasar la tarde en una conferencia. He estado dos veces en libreros preguntando por libros y he ido dos veces a la Fnac (me acabo de dar cuenta de esa curiosa relación numérica). En fin, tras tantas acciones binarias (como las estrellas) pues ya no se qué diablos hacer con mi vida. He pasado apuntes, he visto películas, he ido a la compra, he puesto lavadoras y he fregado los platos. He hecho arroz con verduras, he frito huevos... en fin.

A veces me pongo existencial y pienso en la soledad. No en la soledad como ahora, yo solo en mi casa, no, sino en la Soledad con mayúsculas y a largo plazo. En fin, la verdad es que no soy un ser extremadamente sociable, y hasta diría que soy un poco sociófobo, pero no es a propósito. No es mi intención, por así decirlo. El caso es que no me sale. Por ejemplo, tengo una tristeza tontorrona que me da a veces en los momentos más inadecuados, como en medio de una fiesta de disfraces, mientras me siento absurdo. Otras veces me da la felicidad tontorrona, que también la tengo, pero también me da por cosas ridículas, como ayer, cuando se puso a llover a mares y yo me había equivocado de autobús y estaba solo en medio de quién sabe donde. Pues ahí me dio la felicidad tontorrona. A veces me da también cuando estoy con amigos, y me río de manera absurda y ridícula por alguna estupidez. En fin. Pero lo peor es si me vienen las dos a la vez; algo así como una felicidad tontorrona, que sé que es gratuita y pasajera, que es interrumpida, debido a ese conocimiento, por una tristeza tontorrona, que suele ser menos pasajera que la primera.

Bueno, en fin, supongo que a todo el mundo le pasa esto en mayor o menor medida. Me pasan otras cosas más horribles que no tengo intención de escribir nunca en ningún sitio. Supongo que a todo el mundo le han pasado sus cosas horribles que no quiere escribir nunca. Pues yo no soy, por supuesto, la excepción.

Hablando de otras cosas, he vuelto a pintar. Sigo con las acuarelas, y produzco obras de un gusto inexistente y una técnica despreciable, pero sigo en ello. El problema (aparte de la técnica y el gusto, que podrían mejorar con la práctica) es que muchas veces cojo el pincel y preparo todo el tema (todo el tema es un vaso con agua y un folio) y luego me quedo en blanco y no sé que diantres dibujar (aparte de que no sé cómo, pero esa es otra cuestión). El tema es que si tuviera claro y en mente lo que quiero pues sería más fácil intentar plasmarlo. Pero claro, esto es como todo. Tengo claros los días que tengo que ir a clase y a las prácticas y poco más. Esos son los pilares de mi vida organizada.

La verdad es que suena horrible, pero no, está bien así. Voy tirando. En fin, buenas noches.

01 noviembre, 2006

absurdo

Hola! - dijo al entrar en su casa. Sabía de sobra que estaba descarnadamente vacía, terriblemente hueca, pero aun así, al entrar siempre decía "¡Hola! ¿Qué tal?".

Puede parecer absurdo, pero no lo es. Son las pequeñas cosas que nos hacen reír y soñar las que hacen posible la vida, las que le dan sentido a la vida. ¿Cual es el sentido de la vida? Nacemos inciertos, de niños somos inocentes y felices, luego estudiamos, crecemos, seguimos estudiando y aprendiendo cosas que a fin de cuentas acabarán en el cubo de la basura, junto con el soporte, nuestro cuerpo, cuando llegue la hora. Luego trabajamos para poder vivir o viceversa, según el caso. Entre cosa y cosa ocurre lo mejor, que es conocer personas, estadios temporales de la materia, como nosotros, que pueden transmitirnos el infinito. Eso siempre y cuando lo permitamos, claro. Pero no es tan sencillo. No se trata de intención. En muchas ocasiones nosotros mismos mismos impedimos esa transmisión. ¿Por qué hacer tal cosa? Por miedo. ¿A qué? A nada concreto, y a todo a la vez. No es fácil de explicar. Pero no se trata de intención. La intención siempre mira más allá de lo que el ahora permite, y por tanto el concepto nunca se aproxima a lo real. Esto no es bueno ni malo, simplemente es.

La forja del destino no pertenece a ningún ser mitológico, para desgracia nuestra, sino a nosotros mismos. Por ese motivo estamos condenados a ser conscientes y los únicos responsables de nuestra vida, lo cual pese a todo es de agradecer. Pero implica que somos culpables de nuestra propia miseria. Y esto, junto con el conocimiento de que la propia existencia es una cuestión temporal, el conocimiento de la propia muerte, hacen del ser humano el más desgraciado de todos los seres que habitan este mundo.

Es cierto que el concepto abstracto no puede ser satisfecho por la realidad, mal que nos pese. Por eso no somos lo que creemos que somos, ni los demás son lo que creemos que son. Ni nosotros somos lo que los demás creen que somos. Todo eso no es más que simplificación hasta el absurdo, siempre, para cualquier individuo, por mucho que lo amemos o despreciemos, solo serán burdos brochazos del conjunto final. Pero esto tampoco es bueno ni malo, sino que es. Pero a pesar de ello, no puede sino generar insatisfacción, pues ningún ser se comportará como esperamos que lo haga, ni siquiera nosotros mismos, lo cual da que pensar. De hecho, quizá seamos nosotros mismos los que peor nos ajustamos al concepto que tenemos de nosotros mismos, lo cual no nos hace buenos ni malos, nos hace humanos.

Pero no hay nada de especial en ello. Somos humanos como podíamos haber sido cualquier otra cosa imaginable. O nada en absoluto. Es un estado compartido por muchos individuos, pero que no otorga grandeza alguna. Por supuesto otorga derechos, no lo dudo, y los otorga no por seres humanos, sino por seres sensibles, cosa común a otros seres a los que no se conceden desde la grandeza humana los derechos que debieran. Pero no me extraña, pues en realidad no se les concede ni a ellos mismos.

Pero eso sí, el concepto que cada cual tiene de sí, sin ser necesariamente mejor al concepto que tiene de otras personas, si le permite soportarse en la medida de sus posibilidades, con altibajos por supuesto. Cuando esto falla, entonces tenemos un problema. No soy de la opinión de que el suicidio sea un método de llamar la atención. Lo digo porque es algo que he oído multitud de veces, pero no comparto. De hecho, creo que el suicidio es una salida razonable a un ser que no puede soportarse a sí mismo por más tiempo. Por supuesto, no comparto la salida, no nos vayamos a asustar que la gente es muy melodramática, pues es conveniente intentar encontrar un nuevo marco de lectura en que poder ser sin odiarse. Pero ¿cómo pretender llamar la atención con la propia muerte? no tiene sentido alguno. Si uno lo hace sin convicción, por bajeza personal, no digo que no pueda ser este el motivo. Pero una vez muerto, ¿la atención de quién va a reclamar el suicida? Es un planteamiento tan absurdo como otros de la psicología contemporánea que, pese a que respeto profundamente, me parece no solo etnocentrista, sino burgueso-centrista si se me permite la palabra. No puedo aceptar las explicaciones sobre el ser humano basadas en conceptos locales, y las rechazaré en cualquier área del conocimiento.
En fin...