27 agosto, 2005

Contrastes

Un día caminaba por la calle y me vi enfrente de una iglesia, en la que se acababa de celebrar una boda. Los novios salían por la puerta y sus familiares y amigos les tiraban arroz sin piedad alguna.
Me senté en un banco cercano para contemplar la escena. Los desposados salieron corriendo mientras los invitados con sus caras desencajadas por la risa les lanzaban cientos de granos de arroz.
Un poco mas tarde, todo el mundo se subía en sendos autobuses y se alejaban, probablemente en dirección al banquete, canturreando.
La escena me produjo cierta alegría ajena. Pero se truncó en una honda tristeza, pues poco después llegó una señora muy mayor, una viejecita encorvada y vestida de negro, con la ropa raída y el cuerpo menudo, que, penosamente, se agachó y comenzó a coger los granos de arroz, poco a poco. Cogía unos granos y los depositaba lentamente en la palma de su mano. Con la lentitud de la vejez y el agotamiento extremos.
Vivan los derechos civiles. Viva la conciencia humana. Contrastes.

26 agosto, 2005

El escarabajo azul

Un día que caminaba por la calle alguien le llamó por su nombre. Se paró y miró hacia todos los lados, pero no vio a nadie, así que siguió caminando. Pero la voz le recriminó:
- No prestas atención excepto a lo obvio ¿eh? - se detuvo de nuevo y miró atrás.
- Eh... ¿hola?
- ¡Que hola ni que ocho cuartos! - respondió la voz.
- ¿Quién eres? ¡No te veo!
- "No te veo", "no te veo"... ¡porque no miras!
Le pareció que la voz venía de sus pies. Se agachó y al fin pudo ver quién le hablaba de esa forma: era un pequeño escarabajo de color azul.
El descubrimiento le dejó maravillado. ¿Qué debía hacer? ¿Contárselo a la gente? ¿Difundirlo a los cuatro vientos? ¡Mirad! ¡Un escarabajo que habla! ¿Entregarlo a la ciencia? ¿Que haría?... y al final decidió guardarlo para sí (cosa que el escarabajo agradeció).
Pasaba horas y horas hablando con su él. De cualquier cosa. De la vida. El escarabajo le aportaba un nuevo punto de vista sobre las cosas. Le fascinaban sus relatos de aventuras en el jardín. En fin, eran felices con su secreto.

Un día, al despertar fue a saludar a su escarabajo, pero no estaba. Se puso a buscarlo por la habitación, y lo encontró. Estaba tirado, debajo de la cama, muerto. Esa mañana lloró, como nunca había llorado. Nadie sabía porqué, pero ese día dejó de hablar. Su familia no lo lograba entender. Claro, pobres, no sabían nada. Le miraban, tristes, al verle pasar, pues no podían comprender el mal que le atormentaba.
Un día, ante los ruegos de su madre, accedió a contarles lo ocurrido. Pero se dio cuenta de que según avanzaba la historia, más cara de pena y más se mordía el labio su madre. No le creyó. Ante tal suceso volvió a su mutismo, con más pena todavía. Se pasaba el día en el jardín, tratando de encontrar otro escarabajo como ese. Se los ponía en la palma de la mano y les saludaba cortésmente. Su madre lo observaba con tristeza desde la ventana.
Unos días después se lo llevaron a un psiquiátrico. Ahora le dan tres pastillas al día. Ya no sueña. En realidad casi no siente.
Si alguien tiene un escarabajo parlanchín, por favor, mándenselo. Lo necesita más que ustedes.

25 agosto, 2005

La Flor

He encontrado esto. Es de cuando yo estaba aprendiendo a escribir. Pone "Una flor muy señorial estaba sentada en una silla, y ella misma se hacía burla y cantaba la lala la la la la". Vaya cosas descubre uno. ¿Qué diablos querría decir?

24 agosto, 2005

Preguntas

Desperté esta mañana y ya no soy el mismo. Miré a mi alrededor y todo era conocido, excepto yo. Me miré por dentro y no reconocí ningún pasillo familiar. Ningún cuadro, ningún espejo. Seguí deambulando un poco, pero cada paso era un esfuerzo imposible. ¿Existe el imposible? ¿O es solo miedo? No lo sé. Ni lo sabré nunca, por otro lado, pues no me atrevo con lo imposible. O por lo menos casi nunca lo hago. Alguna vez si lo he intentado. Por lo general se comporta bien, te hace sentir libre. Pero ¿existe la libertad? ¿O es solo una ilusión? Tampoco lo se. ¿Filosofar? Eso si puedo. ¿Pensar? También (¡luego existo!). ¿Decidir? Eso... ya no (¿existo?).
En cualquier caso, el cambio que se ha obrado en mí me obliga a pensar todo el rato, y no me deja dormir. ¿El fútbol? ¿Cómo puede alguien ganar esos millones y no estar en la cárcel por crímenes contra la humanidad? ¿El conformismo? Dentro, muy dentro. Pruebas un plato ¿Te gusta? Sí. Descubres cómo está hecho (¿o quizá lo sabías ya?). No te gusta. O sí, en realidad depende de tu entorno a fin de cuentas. En fin... ¿lo tomas o lo dejas?
¿Sómos todos pequeños futbolistas? Al final todo es o no és según el objetivo que uses para mirar. ¿Hay más de uno? Si, eso creo. ¿Consumismo? Compras, compras.... y de nada te sirve. ¿No es acaso todo lo que tenemos una ilusión? ¿Una sombra? No. Todo no. Y ese es el punto difícil... ¿Qué no lo és?
Sea lo que fuere, me tiene intrigado, lo reconozco.

23 agosto, 2005

Buendía

Pedro Buendía, el hijo bastardo de un conde barcelonés de buena casa y mejor queso, decidió un buen día vengar a su pobre madre, Ataulfa Buendía, muerta por el desprecio de dicho conde. Pero de él no sabía nada, ni siquiera su apellido, pues heredó el de su madre al no querer éste que un escándalo arruinara su matrimonio con una horrible (pero rica) doncella venida de los lejanos confines de la tierra. ¿Quién sería ese maldito? Su madre jamás le dijo su nombre. De hecho su madre nunca le dijo nada, pues tuvo la mala suerte de perder la lengua y la vida, y por ende el habla, en una desafortunada tarde de verano, la tarde en que la abandonó el conde, pues habiendo comido abundancia de arándanos por la crisis de ansiedad que en ella desató su rechazo, dicha lengua apareció muy morada. Al ser los arándanos del cura, y ser este mismo cura quien la interrogaba sobre el color de su lengua, ella tuvo que disimular.

Intrigado por tan misterioso acontecimiento, el cura tuvo a bien pasar el caso a su colega Monseñor Merst, el conocido inquisidor, que en un ataque de originalidad decidió que aquello no podía ser fruto más que del mismísimo señor de las tinieblas, por lo que lo más recomendable era cortar por lo sano antes de que se apoderara del resto del cuerpo. Esa misma noche la pobre Ataulfa perdió la lengua, el habla y la razón, pues (balbuceante) tuvo la valentía de enfrentarse al inquisidor al defender su inocencia. Visto esto, el inquisidor decidió que el diablo se había apoderado de ella y la mandó quemar viva. A medianoche, el pobre Pedro tuvo que presenciar, con solo dos meses de vida, la muerte de su querida madre.

No es que el recuerdo estuviera muy vivo en su memoria, la verdad, pero cumplidos los 18 años, su padre adoptivo, Anselmo Caminos, (hombre del circo que le convirtió a los 5 años en hombre-bala, razón por la cual Pedro había perdido una pierna y tres dedos de la mano izquierda), decidió contarle su verdadera historia, siendo esta la razón del odio del bueno de Pedro al desconocido conde maldito.

22 agosto, 2005

Tan cerca, tan lejos.

Él la amaba tanto, que la temía. Ella lo conocía tanto, que lo sabía.
Él callaba tanto, que moría. Ella sabía, vaya si lo sabía.
Él quería irse muy lejos. Ella inventaba mundos imposibles.
Y al cabo los dos, seres absurdos, en el país de los sueños rotos,
viven en mundos ajenos, lejanos. Como el cielo y el mar, tan cerca, tan lejos.

José Martí

Dicen, buen pedro, que de mí murmuras
porque tras mis orejas el cabello
en crespas ondas su caudal levanta.
¡Diles, bribón, que mientras tú en festines,
en rubios caldos y en fragantes pomas,
entre mancebas del astuto norte,
de tus esclavos el sudor sangriento
torcido en oro descuidado bebes!
Pensativo, febril, pálido, grave,
mi pan rebano en solitaria mesa,
pidiendo ¡oh triste! al aire sordo modo
de libertar de su infortunio al siervo
y de tu infamia a ti.
Y en estos lances,
suéleme, pedro, en la apretada bolsa
faltar la monedilla que reclama
con sus húmedas manos el barbero


Dejo aquí este poema de José Martí, hecho canción por Pablo Milanés (Al buen Pedro).

Viento

Me gusta el sonido del viento. Es curioso, vivimos encerrados tras rejas de cristal que no nos dejan escucharlo. Pero quizá, si aprendiéramos a entenderlo, nos contaría su historia, una historia antigua como el mundo, profunda como el vacío infinito. Triste, sin duda, como todas las historias. Es posible que por eso su voz suene como un lamento, hondo y tranquilo, en una escala temporal mucho más dilatada que la nuestra, en la que la vida de los hombres no es más que la ondulación imperceptible que el aire causa en las telas de la ventana, si la abrimos un poco para ventilar la habitación.

Hemos creado un mundo que avanza con premura. Todo ocurre muy rápido; andamos deprisa por las calles de las ciudades en las que los trenes marchan deprisa bajo nuestros pies. Siempre tenemos prisa por algo. Unos por llegar, otros por huir. Además, la velocidad de las cosas influye de manera determinante en nuestra propia vida; cuanto más nos apresuramos por hacer cosas para poder vivir, más se nos escapa la vida, más corren las horas. Y los años. Lo mismo no nos damos cuenta y corremos hacia la muerte intentando pararnos de una vez en la vida.

Esa es el gran secreto que quizá esté intentando decirnos el viento moviendo armoniosamente las hojas de los árboles, como un pianista de infinitos dedos interpretando el réquiem más antiguo del mundo.

Quizá por eso, cuando abrimos las ventanas todos permanecemos una milésima de segundo con la mirada en el infinito, escuchando la voz del universo.