28 marzo, 2009

las cosas que van pasando

Hoy la ciudad se ha despertado con la asombrosa noticia de que dos satélites, uno ruso y otro americano, se han hecho pedacitos uno contra el otro en la absurda inmensidad del espacio.

Aquí venden los periódicos en unas máquinas por la calle, con una ventana de cristal donde se puede leer la portada, y ante la cual se paran los viandantes que esperan al tranvía.

Leen la noticia con cara de sorpresa y sonrisilla maliciosa, a partir de la cual es fácil imaginarse que se dibujan en la mente los centros de control de las agencias espaciales llenas de gente mirando pantallas llenas decirculitos indescifrables y llevándose las manos a la cabeza mientras emiten, unos en ruso y otros en inglés, roncos grititos de sorpresa y vaga anticipación.

Luego se meten en sus tranvías y la vida sigue como si tal cosa, mientras en el espacio sideral miles de pedacitos tecnológicos amenazan a los cosmonautas en sus paseos espaciales y en su misma guarida, la estación espacial internacional.

Hay que ver, qué cosas.

Mientras, en las agencias espaciales vuelan los papeles, y la gente no puede evitar que se les instale, solapadamente, una clarificadora cara de circunstancia.

13 de febrero de 2009, Colonia, café Duddel

las cosas que van pasando

A veces me divierte ver a la gente malhumorada en los tranvías, entre más porque de cuando en cuando soy uno de ellos.

Es curioso cómo cierran el párpado superior mientras elevan las pupilas al cielo, con gesto rencoroso, cuando el conductor informa que el tranvía de delante se ha chocado con un coche despistado. Luego dice que hay que bajarse e ir andando a la siguiente estación, a lo que siempre alguno responde "muchas gracias!" sarcástica y airadamente, en voz alta.

Y entonces hay que bajarse, y un río de escolares con abrigos de colores baja por la calle en dirección a cualquier otra parte, y se arremolinan en torno al accidente, exclamando entre divertidos e incrédulos cosas ininteligibles, mientras el conductor eleva los brazos al cielo y muestra su enfado al tipo que sale del coche empotrado y se ruboriza cabizbajo, y llegan dos coches de policía a unirse a la función, justo delante de los sempiternos viejitos con bastón que miran y censuran con movimientos de cabeza.

Al tranvía se le han caído los faros, y en medio de aquel batiburrillo de viejitos, policías, conductores, pasajeros y escolares uno no puede evitar decidir unilateral y categóricamente que la vida es maravillosa.

12 de febrero de 2009, Colonia, café Duddel