30 enero, 2006

Hablemos...

El otro día estaba en el metro, aburrido como siempre, y se gestó ante mí un hermoso ejemplo de lo que es el ser humano, una serie de acontecimientos que voy a relatar y que me dejaron pensativo y atónito.

Primero una mujer, en sus cincuenta, que andaba con una muleta, y vestía un bonito vestido rojo, se presentó. Estaba en paro, sin trabajo por haber estado metida en el mundo de las drogas y pedía algunas monedas para sobrevivir. Tenía cierto aire de marchita aristocracia, andando con su vestido y su muleta, visiblemente molesta por tener que pedir limosna en el metro de Madrid. Pero altiva, no en el mal sentido de la palabra, sino entendida como dignidad. O recuerdo de la dignidad perdida. Debe ser muy duro verse obligado por la vida o las circunstancias a pedir en el metro.

Cuando aquella mujer bajó del vagón en la siguiente estación entró un chico joven con un acordeón. Probablemente de la Europa del este, se puso a tocar ese complicado instrumento con soltura, obteniendo de él bellas notas que caían como hojas en otoño sobre los indiferentes viajeros, atentos muchos a sus revistas absurdas o a la nada. Ciudadanos de pro, sentados en el vagón, aburridos, con la esperanza de una vida plena podrida por los rincones de los sucios túneles que recorre el tren subterráneo. En fin, gente como yo. El músico seguía tocando.

En la siguiente estación no dejó de tocar, y los ciudadanos de pro bajaron y subieron al tren, en manada, a tropél. Un guarda de seguridad apareció en el andén y el músico enmudeció. Entre la muchedumbre aparecieron dos individuos que se sentaron delante de mí. Uno de ellos era ciego y sordo. El otro era un hombre de mediana edad, barbudo, y con abundantes tics en la cara. Supe que era sordo y ciego por la forma en que se comunicaban. Un espectáculo de desmesurada belleza, pues hablaban cogiéndose de la mano. No puedo explicarme cómo lo hacían, pero el ciego alargaba el dedo de su mano, y el barbudo lo cogía. Luego hacían movimientos con la mano o el dedo y se entendían. ¿No es increíble?

Cuando se cerraron las puertas y el metro continuó su camino, y ya a salvo del guarda de seguridad, el músico continuó con su melodía. Cuando el barbudo lo oyó, se lo comunicó al ciego vía dedo, y éste, que tenía una cara muy expresiva, y muy inocente a la vez, mientras hablaban fruncía el ceño, y cuando lo entendió todo sonrió, de la manera más cándida imaginable, como si escuchara la melodía del artista, que en este momento detenía su trabajo y recorría el vagón intentando sacar algún provecho de su arte, con más bien poco éxito.

Sólo el ciego aquél, ajeno al resto de los viajeros, y soñando escuchar la música del acordeón, en esa mañana absurda de invierno, sonreía.

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