8 de mayo de 2009, Colonia, café del gato
Pues el otro día andaba yo en el balcón fumando, en la franja incierta del día en que la noche se va abriendo paso tímidamente mientras el sol, dócil, la deja paso muriendo en un horizontepolicromado , cuando de pronto salieron de una casa frente a mi balcón dos chiquillas que se me quedan mirando, me señalan y dicen "¡mira! ¡la muerte!". La otra responde "¡sí! ¡es la muerte!" y entre risas se meten de nuevo en su casa.
Yo, divertido, terminé el cigarro aprisa y me escondí en mi casa, por si volvían a salir.
Resulta que la muerte aquí es un señor, es el muerte (der Tod), cosa curiosa. Para nosotros es femenina, y en el caso de los anglosajones se me hace más incierto, porque con ellos nunca se sabe (the death), aunque me figuro que será también masculina. Se me ocurrió investigar un poco la iconografía de tan destacado individuo/a, pero por supuesto se me olvidó un poco más tarde.
Otro día estaba yo en idéntica posición en el balcón, que es en realidad un pasillo abierto que da acceso a todas las casas de la planta, cuando vinieron corriendo los hijos de mi vecina y una chiquilla que debe ser asmática o algo por el estilo, entre estertores me cuenta que abajo hay unos matones que les persiguen sin motivo alguno (aunque yo les había oído insultarlos a voz en grito desde la protección del balcón del primer piso).
Me asomé al otro lado del balcón, tras la puerta de las escaleras, y por ahí venían sigilosamente los "matones" que resultaron ser dos chiquillas que al verme me hicieron la señal internacional de "silencio" (¡no digas nada!) con un dedo sobre la boca.
En esto salió la vecina madre de los primeros al balcón y se desató el conflicto internacional. Los "matones" exigieron un castigo ejemplar por los insultos proferidos (ashlog o similar). La madre preguntó a sus hijos que qué había pasado, y ellos respondieron que no habían hecho nada, a lo que los matones replicaron que ("doch, doch!") habían sido insultados, y señalaron como principal culpable al hijo más joven de la vecina, que se escondía de la vista detrás de su madre.
Y como ésta no proporcionara el ejemplar castigo esperado, la portavoz de los matones hizo notar que qué clase de madre no se preocupa por la educación de sus hijos, a lo cual la madre respondió que no había pasado nada grave.
La portavoz de los matones replicó que sí, que les habían llamado "ashlog" y que, por cierto, su padre es policía y le podía llamar en cualquier momento. El pequeño hijo de mi vecina se aplastaba contra la pared para evitar ser visto por la barandilla y a todo esto yo, como espectador (casi observador internacional del conflicto) terminé mi cigarrito y me refugié en la seguridad de mi casa.
Como los observadores de la ONU, ver, oír y callar, no hacer nada ni servir para nada a nadie, y si la cosa se pone difícil huir a territorio seguro.
Muy alegórico el asunto.
Otro día en el balcón estaba yo fumando bien entrada la noche, y me fijé en el silencio. De noche el silencio es absoluto, casi sepulcral. No cantan siquiera los millones de pájaros locos que sedesgañitan por las tardes, y solo un tren de cuando en cuando rompe el tedio de no escuchar nada.
Pero lo curioso es el sonido de las vías mucho antes de que pase el tren. Es un ruido metálico, como un violín tocando muy agudo diferentes notas inconexas que crean una melodía, la verdad, terrorífica pero hermosa.
Se escucha ese sonido mucho antes de que pase el tren, como si los raíles supieran de su futuro y se quejaran, como un lamento metálico y tristón.
En fin, historias de balcón y cigarrito. Hay que ver, las cosas que van pasando.
Pues el otro día andaba yo en el balcón fumando, en la franja incierta del día en que la noche se va abriendo paso tímidamente mientras el sol, dócil, la deja paso muriendo en un horizontepolicromado , cuando de pronto salieron de una casa frente a mi balcón dos chiquillas que se me quedan mirando, me señalan y dicen "¡mira! ¡la muerte!". La otra responde "¡sí! ¡es la muerte!" y entre risas se meten de nuevo en su casa.
Yo, divertido, terminé el cigarro aprisa y me escondí en mi casa, por si volvían a salir.
Resulta que la muerte aquí es un señor, es el muerte (der Tod), cosa curiosa. Para nosotros es femenina, y en el caso de los anglosajones se me hace más incierto, porque con ellos nunca se sabe (the death), aunque me figuro que será también masculina. Se me ocurrió investigar un poco la iconografía de tan destacado individuo/a, pero por supuesto se me olvidó un poco más tarde.
Otro día estaba yo en idéntica posición en el balcón, que es en realidad un pasillo abierto que da acceso a todas las casas de la planta, cuando vinieron corriendo los hijos de mi vecina y una chiquilla que debe ser asmática o algo por el estilo, entre estertores me cuenta que abajo hay unos matones que les persiguen sin motivo alguno (aunque yo les había oído insultarlos a voz en grito desde la protección del balcón del primer piso).
Me asomé al otro lado del balcón, tras la puerta de las escaleras, y por ahí venían sigilosamente los "matones" que resultaron ser dos chiquillas que al verme me hicieron la señal internacional de "silencio" (¡no digas nada!) con un dedo sobre la boca.
En esto salió la vecina madre de los primeros al balcón y se desató el conflicto internacional. Los "matones" exigieron un castigo ejemplar por los insultos proferidos (ashlog o similar). La madre preguntó a sus hijos que qué había pasado, y ellos respondieron que no habían hecho nada, a lo que los matones replicaron que ("doch, doch!") habían sido insultados, y señalaron como principal culpable al hijo más joven de la vecina, que se escondía de la vista detrás de su madre.
Y como ésta no proporcionara el ejemplar castigo esperado, la portavoz de los matones hizo notar que qué clase de madre no se preocupa por la educación de sus hijos, a lo cual la madre respondió que no había pasado nada grave.
La portavoz de los matones replicó que sí, que les habían llamado "ashlog" y que, por cierto, su padre es policía y le podía llamar en cualquier momento. El pequeño hijo de mi vecina se aplastaba contra la pared para evitar ser visto por la barandilla y a todo esto yo, como espectador (casi observador internacional del conflicto) terminé mi cigarrito y me refugié en la seguridad de mi casa.
Como los observadores de la ONU, ver, oír y callar, no hacer nada ni servir para nada a nadie, y si la cosa se pone difícil huir a territorio seguro.
Muy alegórico el asunto.
Otro día en el balcón estaba yo fumando bien entrada la noche, y me fijé en el silencio. De noche el silencio es absoluto, casi sepulcral. No cantan siquiera los millones de pájaros locos que sedesgañitan por las tardes, y solo un tren de cuando en cuando rompe el tedio de no escuchar nada.
Pero lo curioso es el sonido de las vías mucho antes de que pase el tren. Es un ruido metálico, como un violín tocando muy agudo diferentes notas inconexas que crean una melodía, la verdad, terrorífica pero hermosa.
Se escucha ese sonido mucho antes de que pase el tren, como si los raíles supieran de su futuro y se quejaran, como un lamento metálico y tristón.
En fin, historias de balcón y cigarrito. Hay que ver, las cosas que van pasando.
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