Los chiquillos de mi barrio han llenado la calle de rayuelas de tiza. Tienen unas tizas gigantes, como puños, y con ellas van ocupando todos los huecos, escribiendo sus nombres, cosas indescifrables, pintando flores, casas y rayuelas.
Los más pequeños imitan a los mayores y pintan líneas, renglones torcidos y caras sonrientes.
Y en eso, asomarse al balcón es un ejercicio de vuelo. Los ojos se posan en unos u otros dibujos y, mientras tanto, la mente aprovecha el vacío y también vuela,sobrevolando la memoria y los paisajes viejos.
Unos días después llegó la lluvia y, con ella, el olvido y una calle nueva, como un lienzo por estrenar.
Estos días, tímidamente, se asoma a esta ciudad la primavera, como jugando al escondite. Sale el sol y sale también la gente, que se echa a las calles como un torrente feliz. Salen también las flores, que se engalanan con su mejor color, como dice el tango. Y con ellas vuelven los pájaros, que cantan sobre todo al anochecer, y yo me pregunto por qué. Y a quién cantan los pájaros, con una sinfonía delicada y apabullante, mientras el sol pinta colores en la franja incierta del horizonte, que siempre está pero nunca se alcanza, tan cerca y tan lejos, como un poema.
Ayer salí a fumar al balcón y había ruido. Una cosa ensordecedora. Me asomé a la barandilla y allí estaba, un empleado del ayuntamiento con una máquina cortando todas las flores del barrio. Y yo de espectador impasible, con ganas degritarle al señor ¡pero que hace, hombre de dios! y todas esas cosas apropiadas. Pero no digo nada, y el señor acaba con todas las flores y sigue su camino.
Y yo he vuelto al café del gato, que hacía un siglo. En el salón de fumadores no hay nadie, excepto una voz tristona que susurra desde los altavoces y una sensación de paz absoluta que sube por las piernas hasta la garganta.
Aunque también está Orwell, colgado en la pared frente a mí, mirando hacia su izquierda en dirección a una especie de pequeño escenario donde hay una silla gigante, un cono de carretera y una televisión de mentira con la foto de un señor tapándose la cara con el antebrazo.
También está la chimenea, con flores secas encima, y las mesas redondas para los que vienen acompañados, y este sillón y su mesa conruedines para los que vienen solos. Y el café, que se va quedando frío, así que será mejor volver a lo concreto.
¡La praxis! La praxis ha muerto, ¡viva la praxis!
Los más pequeños imitan a los mayores y pintan líneas, renglones torcidos y caras sonrientes.
Y en eso, asomarse al balcón es un ejercicio de vuelo. Los ojos se posan en unos u otros dibujos y, mientras tanto, la mente aprovecha el vacío y también vuela,sobrevolando la memoria y los paisajes viejos.
Unos días después llegó la lluvia y, con ella, el olvido y una calle nueva, como un lienzo por estrenar.
Estos días, tímidamente, se asoma a esta ciudad la primavera, como jugando al escondite. Sale el sol y sale también la gente, que se echa a las calles como un torrente feliz. Salen también las flores, que se engalanan con su mejor color, como dice el tango. Y con ellas vuelven los pájaros, que cantan sobre todo al anochecer, y yo me pregunto por qué. Y a quién cantan los pájaros, con una sinfonía delicada y apabullante, mientras el sol pinta colores en la franja incierta del horizonte, que siempre está pero nunca se alcanza, tan cerca y tan lejos, como un poema.
Ayer salí a fumar al balcón y había ruido. Una cosa ensordecedora. Me asomé a la barandilla y allí estaba, un empleado del ayuntamiento con una máquina cortando todas las flores del barrio. Y yo de espectador impasible, con ganas degritarle al señor ¡pero que hace, hombre de dios! y todas esas cosas apropiadas. Pero no digo nada, y el señor acaba con todas las flores y sigue su camino.
Y yo he vuelto al café del gato, que hacía un siglo. En el salón de fumadores no hay nadie, excepto una voz tristona que susurra desde los altavoces y una sensación de paz absoluta que sube por las piernas hasta la garganta.
Aunque también está Orwell, colgado en la pared frente a mí, mirando hacia su izquierda en dirección a una especie de pequeño escenario donde hay una silla gigante, un cono de carretera y una televisión de mentira con la foto de un señor tapándose la cara con el antebrazo.
También está la chimenea, con flores secas encima, y las mesas redondas para los que vienen acompañados, y este sillón y su mesa conruedines para los que vienen solos. Y el café, que se va quedando frío, así que será mejor volver a lo concreto.
¡La praxis! La praxis ha muerto, ¡viva la praxis!
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