Últimamente ha empezado a hacer buen tiempo en la ciudad, así que he puesto a punto mi bicicleta y me he dedicado a visitar parques metropolitanos.
He vuelto al Rhinepark, que es un parque grande en la orilla frente a la catedral donde se puede uno sentar a la orilla del río entre millones de conchaspequeñitas, pedacitos de platos y tazas y cristales lamidos y redondeados por el agua que se dispersan entre la arena.
Allí puede uno sentarse con un libro o con la melodía suave de alguna música o simplemente con el rumor del agua, y lanzar piedritas al río, y entre los árboles y el viento que mece las hojas se encuentra uno con una paz sencilla y perecedera, pero hermosa, que sube por las piernas hasta los brazos, y uno cierra los puños, distraido, y la atrapa (como la melancolía deBenedetti, que se murió de repente el día de mi cumpleaños mientras yo, ignorante, leía sus cuentos como si tal cosa).
Al día siguiente encontré otro parque muy cerca de mi casa, con una explanada verde y un pequeño lago.
Me senté en la explanada y desde allí podía ver un montón de gente sentada o tumbada, jugando a la pelota o corriendo, en bici o a pie.
Volví a sumergirme en Benedetti, pero ahora en sus poesías, y de vez en cuando, al levantar la vista, se veía la explanada con árboles al fondo, y entre los árboles y la hierba y la gente volaban millones de pelusas blancas de polen, como nieve de primavera, y la vista era tan hermosa que no encuentro las palabras adecuadas para describirla, de esa belleza que encoge el corazón y ensancha el pecho abriendo horizontes por dentro.
Pero las palabras, pobres, no saben casi nada del mundo. Describen mal las cosas de fuera y no sirven para las de dentro y, a pesar de todo, son nuestro mayor tesoro. Y uno que si no se cultiva se pierde.
Una vez dijo mi padre que hacía tanto tiempo que no escribía, que le parecía que en cualquier momento iba a empezar a rebuznar. Y desde aquel momento yo me puse a jugar con las palabras (con mayor o menor acierto) y no he vuelto a parar en muchos años.
Ahora mismo estoy, como siempre, en el café del gato, en el sillón con mesa de ruedines, mientras en la mesa redonda hay tres alemanes jugando a los personajes. El juego va así: uno piensa un personaje y los otros dos hacen preguntas de sí o no hasta descubrir quién es.
(Y yo desde aquí juego en silencio, pero juego también)
De momento han sido Amstrong, Nixon, Segolene Royal y Moisés. Mientras, por los altavoces canta Ella Fitzgerald "let's do it" suavemente.
Y en esto se me enfría el café, así que dejemos de manchurronear las hojas.
He vuelto al Rhinepark, que es un parque grande en la orilla frente a la catedral donde se puede uno sentar a la orilla del río entre millones de conchaspequeñitas, pedacitos de platos y tazas y cristales lamidos y redondeados por el agua que se dispersan entre la arena.
Allí puede uno sentarse con un libro o con la melodía suave de alguna música o simplemente con el rumor del agua, y lanzar piedritas al río, y entre los árboles y el viento que mece las hojas se encuentra uno con una paz sencilla y perecedera, pero hermosa, que sube por las piernas hasta los brazos, y uno cierra los puños, distraido, y la atrapa (como la melancolía deBenedetti, que se murió de repente el día de mi cumpleaños mientras yo, ignorante, leía sus cuentos como si tal cosa).
Al día siguiente encontré otro parque muy cerca de mi casa, con una explanada verde y un pequeño lago.
Me senté en la explanada y desde allí podía ver un montón de gente sentada o tumbada, jugando a la pelota o corriendo, en bici o a pie.
Volví a sumergirme en Benedetti, pero ahora en sus poesías, y de vez en cuando, al levantar la vista, se veía la explanada con árboles al fondo, y entre los árboles y la hierba y la gente volaban millones de pelusas blancas de polen, como nieve de primavera, y la vista era tan hermosa que no encuentro las palabras adecuadas para describirla, de esa belleza que encoge el corazón y ensancha el pecho abriendo horizontes por dentro.
Pero las palabras, pobres, no saben casi nada del mundo. Describen mal las cosas de fuera y no sirven para las de dentro y, a pesar de todo, son nuestro mayor tesoro. Y uno que si no se cultiva se pierde.
Una vez dijo mi padre que hacía tanto tiempo que no escribía, que le parecía que en cualquier momento iba a empezar a rebuznar. Y desde aquel momento yo me puse a jugar con las palabras (con mayor o menor acierto) y no he vuelto a parar en muchos años.
Ahora mismo estoy, como siempre, en el café del gato, en el sillón con mesa de ruedines, mientras en la mesa redonda hay tres alemanes jugando a los personajes. El juego va así: uno piensa un personaje y los otros dos hacen preguntas de sí o no hasta descubrir quién es.
(Y yo desde aquí juego en silencio, pero juego también)
De momento han sido Amstrong, Nixon, Segolene Royal y Moisés. Mientras, por los altavoces canta Ella Fitzgerald "let's do it" suavemente.
Y en esto se me enfría el café, así que dejemos de manchurronear las hojas.
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