16 de junio de 2009, Colonia, café número tres
Pues nada, ya van dos semanas seguidas que voy a clase de "Neuroanatomie der Rodentia" y allí no aparece nadie.
Así que me he tenido que venir a tomarme un cafetito, por aquello de aprovechar el viaje al centro...
Estoy en el café número tres (en orden de preferencia), cuyo nombre desconozco pero que tiene es aspecto de café antiguo o salón de abuela que me resulta atractivo. (Ahora mismo la camarera le da cuerda a un reloj de pared; sobre el piano hay muchos papeles).
La decoración incluye un buen número de espejos de todos los tamaños, varias fotos antiguas de Colonia, París y gente indeterminada y probablemente borrada de la faz del planeta muchos años ha. También hay un mapa de "Germania" del año catapún, un retrato al óleo de (creo) Mozart, un piano negro de salón antiguo y varias lámparas burgueso-señoriales con varios brazos y cristales colgantes teñidos de amarillo por el alquitrán del tabaco de generaciones de clientes.
En general estas gentes hablan quedo, sin gritos ni aspavientos (excepto los fines de semana, litros de bebida nacional mediante). Además, el asunto del idioma tiene una serie de ventajas. Por ejemplo, uno puede estar rodeado de gente charlando sobre cosas inverosímiles y abstraerse de aquello sin que le moleste. La conversación queda de fondo, como un ruido blanco. Entonces es sencillo dedicarse a leer o a escribir, pese a estar rodeado de gente.
Es, sencillamente, un ruidoso silencio, un silencio disfrazado de palabras ajenas que no rebotan en la mente, sino que se quedan como pompas de jabón flotando en el ambiente, alrededor de quienes las convocan.
Por eso mismo no molestan y uno puede dedicarse, tranquilamente, a lo quiera que esté haciendo.
Eso, a menos que uno quiera escuchar el ruido blanco. En tal caso uno activa algún interruptor secreto y las pompas de jabón le explotan en los oídos, trayendo palabras con vida propia. Algunas cuentan historias, otras son misteriosas y encierran alguna clase de secreto indescifrable. Las más son ambiguas y expelen cierta fragancia evocadora de alguna cosa olvidada y, entonces, uno puede tomarlas al vuelo y darles un significado propio, en cierto sentido secreto, y con él ir tejiendo una versión personal de las historias originales que encierran.
Lo malo de este juego de espejos es que es también un juego de sombras y tiende a dejar en penumbra los espacios, lo cual está muy bien siempre y cuando uno no ande buscando ventanales, luz y taquígrafos.
Afortunadamente eso son las menos. Y para esos casos, además, puede uno generalmente hacer uso de otras lenguas, un poco menos ajenas, que dan un resultado policromo a la cosa.
Recuerdo que la última vez que fui de visita a España estaba yo en el aeropuerto, intentando leer a cierto escritor de Montevideo, y me encontré con desagradable sorpresa con la imposibilidad de una abstracción tan completa como en estas tierras del norte.
El asunto, reconozco, me puso de bastante mala leche y, refunfuñando cual anciano con bastón, mostraba mi desagrado ante los pobres diablos que no hacían más que hablar entre ellos, sin intención expresa de importunar mi lectura.
Pero claro, uno es limitado en su comprensión, sobre todo en el momento, y las palabras (esta vez propias) no flotaban como pompas sino que atacaban como flechas, penetrando violentamente en mi cerebro sin interruptor mágico que las detuviera.
Así que cuando entendí que las miradas asesinas y los carraspeos no iban a surtir efecto (más bien sólo servían para recoger miradas divertidas de extrañeza e interrogación), me levanté violento y positivamente indignado y, por supuesto después de una mirada fulminante, me marché entre bambalinas a ver si encontraba unrinconcito libre de ataques verbales (y nominales, adjetivales y demás armamento lingüístico) donde sentarme a leer mi maldito libro.
Desafortunadamente, por lo que parece abundan los castellano-parlantes en Madrid, y aunque uno intentara camuflarse entre los ingleses, alemanes, holandeses y otros de nacionalidad imprecisa, la artillería verbal seguía haciendo mella en mi paciencia (ridículamente empequeñecida a la sazón).
Finalmente me declaré vencido y con aires de jaque mate guardé el libro y aguanté el asedio estoicamente.
En fin, ahora me hace gracia la cosa, pero en aquel momento... ¡Oh! En aquel momento fue como una mortal afrenta de tiempos medievales (con guantazo incluido, de los de guante caballeresco y "reto aVd. a muerte").
Gracias a los cielos, aquello de batirse por el honor pasó de moda (entre más porque mi abrumadora inferioridad numérica no hubiera deparado ningún bien a mi precaria integridad física).
Hay que ver. Qué cosas...
Pues nada, ya van dos semanas seguidas que voy a clase de "Neuroanatomie der Rodentia" y allí no aparece nadie.
Así que me he tenido que venir a tomarme un cafetito, por aquello de aprovechar el viaje al centro...
Estoy en el café número tres (en orden de preferencia), cuyo nombre desconozco pero que tiene es aspecto de café antiguo o salón de abuela que me resulta atractivo. (Ahora mismo la camarera le da cuerda a un reloj de pared; sobre el piano hay muchos papeles).
La decoración incluye un buen número de espejos de todos los tamaños, varias fotos antiguas de Colonia, París y gente indeterminada y probablemente borrada de la faz del planeta muchos años ha. También hay un mapa de "Germania" del año catapún, un retrato al óleo de (creo) Mozart, un piano negro de salón antiguo y varias lámparas burgueso-señoriales con varios brazos y cristales colgantes teñidos de amarillo por el alquitrán del tabaco de generaciones de clientes.
En general estas gentes hablan quedo, sin gritos ni aspavientos (excepto los fines de semana, litros de bebida nacional mediante). Además, el asunto del idioma tiene una serie de ventajas. Por ejemplo, uno puede estar rodeado de gente charlando sobre cosas inverosímiles y abstraerse de aquello sin que le moleste. La conversación queda de fondo, como un ruido blanco. Entonces es sencillo dedicarse a leer o a escribir, pese a estar rodeado de gente.
Es, sencillamente, un ruidoso silencio, un silencio disfrazado de palabras ajenas que no rebotan en la mente, sino que se quedan como pompas de jabón flotando en el ambiente, alrededor de quienes las convocan.
Por eso mismo no molestan y uno puede dedicarse, tranquilamente, a lo quiera que esté haciendo.
Eso, a menos que uno quiera escuchar el ruido blanco. En tal caso uno activa algún interruptor secreto y las pompas de jabón le explotan en los oídos, trayendo palabras con vida propia. Algunas cuentan historias, otras son misteriosas y encierran alguna clase de secreto indescifrable. Las más son ambiguas y expelen cierta fragancia evocadora de alguna cosa olvidada y, entonces, uno puede tomarlas al vuelo y darles un significado propio, en cierto sentido secreto, y con él ir tejiendo una versión personal de las historias originales que encierran.
Lo malo de este juego de espejos es que es también un juego de sombras y tiende a dejar en penumbra los espacios, lo cual está muy bien siempre y cuando uno no ande buscando ventanales, luz y taquígrafos.
Afortunadamente eso son las menos. Y para esos casos, además, puede uno generalmente hacer uso de otras lenguas, un poco menos ajenas, que dan un resultado policromo a la cosa.
Recuerdo que la última vez que fui de visita a España estaba yo en el aeropuerto, intentando leer a cierto escritor de Montevideo, y me encontré con desagradable sorpresa con la imposibilidad de una abstracción tan completa como en estas tierras del norte.
El asunto, reconozco, me puso de bastante mala leche y, refunfuñando cual anciano con bastón, mostraba mi desagrado ante los pobres diablos que no hacían más que hablar entre ellos, sin intención expresa de importunar mi lectura.
Pero claro, uno es limitado en su comprensión, sobre todo en el momento, y las palabras (esta vez propias) no flotaban como pompas sino que atacaban como flechas, penetrando violentamente en mi cerebro sin interruptor mágico que las detuviera.
Así que cuando entendí que las miradas asesinas y los carraspeos no iban a surtir efecto (más bien sólo servían para recoger miradas divertidas de extrañeza e interrogación), me levanté violento y positivamente indignado y, por supuesto después de una mirada fulminante, me marché entre bambalinas a ver si encontraba unrinconcito libre de ataques verbales (y nominales, adjetivales y demás armamento lingüístico) donde sentarme a leer mi maldito libro.
Desafortunadamente, por lo que parece abundan los castellano-parlantes en Madrid, y aunque uno intentara camuflarse entre los ingleses, alemanes, holandeses y otros de nacionalidad imprecisa, la artillería verbal seguía haciendo mella en mi paciencia (ridículamente empequeñecida a la sazón).
Finalmente me declaré vencido y con aires de jaque mate guardé el libro y aguanté el asedio estoicamente.
En fin, ahora me hace gracia la cosa, pero en aquel momento... ¡Oh! En aquel momento fue como una mortal afrenta de tiempos medievales (con guantazo incluido, de los de guante caballeresco y "reto aVd. a muerte").
Gracias a los cielos, aquello de batirse por el honor pasó de moda (entre más porque mi abrumadora inferioridad numérica no hubiera deparado ningún bien a mi precaria integridad física).
Hay que ver. Qué cosas...
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