A veces me divierte ver a la gente malhumorada en los tranvías, entre más porque de cuando en cuando soy uno de ellos.
Es curioso cómo cierran el párpado superior mientras elevan las pupilas al cielo, con gesto rencoroso, cuando el conductor informa que el tranvía de delante se ha chocado con un coche despistado. Luego dice que hay que bajarse e ir andando a la siguiente estación, a lo que siempre alguno responde "muchas gracias!" sarcástica y airadamente, en voz alta.
Y entonces hay que bajarse, y un río de escolares con abrigos de colores baja por la calle en dirección a cualquier otra parte, y se arremolinan en torno al accidente, exclamando entre divertidos e incrédulos cosas ininteligibles, mientras el conductor eleva los brazos al cielo y muestra su enfado al tipo que sale del coche empotrado y se ruboriza cabizbajo, y llegan dos coches de policía a unirse a la función, justo delante de los sempiternos viejitos con bastón que miran y censuran con movimientos de cabeza.
Al tranvía se le han caído los faros, y en medio de aquel batiburrillo de viejitos, policías, conductores, pasajeros y escolares uno no puede evitar decidir unilateral y categóricamente que la vida es maravillosa.
Es curioso cómo cierran el párpado superior mientras elevan las pupilas al cielo, con gesto rencoroso, cuando el conductor informa que el tranvía de delante se ha chocado con un coche despistado. Luego dice que hay que bajarse e ir andando a la siguiente estación, a lo que siempre alguno responde "muchas gracias!" sarcástica y airadamente, en voz alta.
Y entonces hay que bajarse, y un río de escolares con abrigos de colores baja por la calle en dirección a cualquier otra parte, y se arremolinan en torno al accidente, exclamando entre divertidos e incrédulos cosas ininteligibles, mientras el conductor eleva los brazos al cielo y muestra su enfado al tipo que sale del coche empotrado y se ruboriza cabizbajo, y llegan dos coches de policía a unirse a la función, justo delante de los sempiternos viejitos con bastón que miran y censuran con movimientos de cabeza.
Al tranvía se le han caído los faros, y en medio de aquel batiburrillo de viejitos, policías, conductores, pasajeros y escolares uno no puede evitar decidir unilateral y categóricamente que la vida es maravillosa.
12 de febrero de 2009, Colonia, café Duddel
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